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El simulacro como verdad
Por Mario Roberto Morales - Guatemala, 5 de septiembre de 2018
consucultura@intelnet.net.gt

Para la masa, la puesta en escena es ya indistinguible de lo “real”

Y sigue la pugna intraoligárquica. La facción neoliberal-fascista (arzuista), con su caballito de batalla: la “institucionalidad”; y la neoliberal-corporativa (dionisista), con su respectivo alazán: la CICIG, vuelven a la carga poniendo en la calle a sus respectivos enjambres de oenegistas y empleados de agencias internacionales, los cuales vociferan de lo lindo exponiendo sus “razones” para “salvar” al país del “comunismo” (arzuistas) y de la “corrupción” (dinonisistas). El circo de “buenos” y “malos” campea, y la gente es absorbida por el simulacro.

Pero, como he dicho hasta el hartazgo, aquí la suerte ya está echada. Y consiste en culminar el plan geopolítico realizando la restauración oligárquica por medio del Plan para la Prosperidad. Para esto ha sido ungida la facción dionisista y sus satélites serviles: la izquierda rosada y la derecha lila, comisionándolas para gobernar del 2019 en adelante como una coalición izquierdoderechista que pondrá en escena el simulacro de una revolución pacífica para servir de “ejemplo” ante las rebeldes Venezuela, Nicaragua y Cuba, que realizan sus revoluciones de manera soberana.

En esta época en que los locutores de radio y los presentadores de televisión sustituyen a los filósofos, ideólogos y guías espirituales; en que medios de comunicación oenegizados ―que navegan con bandera de “alternativos” e “independientes”― enarbolan la bandera del multiculturalismo y la corrección política, haciendo creer a la masa ignara que esos son los criterios de verdad y bondad en la dispersa, relativista y manipuladora posmodernidad de derecha; y en que a la posverdad se le llama pospolítica y se la propone como necesaria sustituta de la “política tradicional”, el caos y la confusión generalizada se convierte en el mayor capital político del neoliberalismo corporativo, globalizador y financierista, y también en el de su némesis: el neoliberalismo fascista, ultramontano y anticomunista, el cual finge ver “extremas izquierdas” en el oportunismo oenegista de la derecha lila y la izquierda rosa, cuando en realidad ésta ya en nada se diferencia de la derecha “moderada”. En este colosal clima confuso, la “moderación” se vuelve categoría universal en filosofía, moral y política. Y la “lucha contra la corrupción” ―que es sólo una táctica para culminar con éxito planes geopolíticos― sustituye a la lucha de clases en el imaginario ignaro de masas agobiadas por la ausencia de paradigmas que les ordenen la existencia.

Este río revuelto de simulacros es ganancia de pescadores oportunistas. Queda sólo que la masa pase de ser ignara a ser crítica. Y en eso hay que centrarse: en que nuestros cuadros políticos adviertan que vivimos una guerra de quinta generación y que todo es un simulacro: ¡excepto la conciencia crítica!


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