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La moral del simulacro
Por Mario Roberto Morales - Guatemala, 8 de enero de 2020

O el ridículo travestido de “épica”

La corrección política funciona como un conjunto de prótesis para inválidos intelectuales y paralíticos de la acción. En el supermercado de lo políticamente correcto los débiles de temperamento, los deficientes mentales y morales, los oportunistas y fariseos de profesión pueden hallar el adminículo que mejor les cuadre para ofrecerle al mundo una falsa imagen de sí y, además, labrarse una reputación de activista abnegado, de víctima sufrida, de pensador(a) del “bien” y de político(a) incorruptible. Es decir, de farsante célebre, de modelo posmoderno de la “verdad relativa”, del “cambio de paradigma” y del “eclecticismo democrático” reinantes en el desierto moral que dejó el colapso de las modernidades.

El individuo políticamente correcto es, sí, el globalizado idiota del pueblo al que se refirió Umberto Eco. Pero es también un simulacro de explotado y oprimido, y de personificación de la otredad vuelta esencia a-histórica. Es el coreógrafo de la solidaridad humana: el individualista enmascarado de sujeto que apoya (desde prudente y rentable distancia) causas subalternas que íntimamente no considera suyas, como buen epítome de legiones de cobardes que jamás asumieron los retos políticos que les puso enfrente la vida, la historia, la geografía y la geoestrategia.

La corrección política es el triunfo pírrico del simulacro sobre lo simulado; el reino de la posibilidad sustituyendo lo concreto; el ámbito del comentario de lo virtual por encima del análisis de lo real; el relegamiento de la veracidad por la posverdad; el triunfo de la interpretación subjetiva del hecho sobre el hecho determinando su interpretación concreta; el éxito de la superficialidad y la banalidad como sucedáneos del pensamiento crítico y el acto consciente. ¿Resultado? La acción de masas sin asidero ni liderazgo de clase; el seguidismo borreguil de modas intelectuales y políticas inventadas en tanques de pensamiento sufragados por el capital financiero transnacional; tanques que “fundieron” a dizque izquierdas y derechas en un pastiche que simboliza el simulacro de la conciliación de las clases sociales y de las contradicciones económicas. Una ruidosa farsa que se encarna en el oenegismo culturalista políticamente correcto, causante de la corrupción de los movimientos populares, los sindicatos, los partidos de izquierda y la sociedad civil. Es el triunfo de la dominación disfrazada de hegemonía. De la manipulación sobre la acción libre y creativa. De la creencia vacua sobre la evidencia dura.

La corrección política, es en suma, la moral proteica de una manipulada sociedad de alegres inválidos cuya miseria moral les hace creer que victimizarse es algo digno y que haciéndolo “luchan” por “un mejor futuro para todo(a,e,x,@)s”. Es el ridículo travestido de “épica”.


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