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Aceptación y mundanal ruido
Por Mario Roberto Morales - Guatemala, 18 de noviembre de 2020

¿Es que la paz individual implica desistir del anhelo de cambio social?

Una de las verdades más brutales de la existencia es que la realidad es como es y no como nosotros quisiéramos que fuera. Lo cual nos lleva a que lo sensato es aceptar lo que es tal cual es y a no frustrarnos ni sufrir porque no sea como nosotros lo deseamos o porque estemos seguros de que “debería” ser de otra forma. Este “debería” responde a certezas científicas, religiosas, políticas, estéticas, místicas, morales, éticas, militares, sexuales, etcétera. Tales “verdades” conforman el conjunto de nociones mediante las cuales nos relacionamos imaginariamente con el mundo y con los demás como personas con identidad nacional, étnica, sexual, moral, intelectual, en fin. Es decir, como seres ilusoriamente diferenciados de la masa conformada en sus convicciones por la familia, la religión, la escuela y los medios masivos de “comunicación”. Como se sabe, estas instituciones fungen desde su origen como instrumentos ideológicos al servicio de poderes que ejercen control poblacional y territorial en países, regiones, continentes y ―desde los años 70 del siglo XX― en el planeta que nos contiene.

Al parecer, si la realidad y las personas son como son y no como quisiéramos que fueran, lo adecuado ―para vivir en paz― sería no tratar de cambiarlos. Empero, esta aceptación choca de frente contra todo tipo de convicciones encaminadas a transformar la realidad y a las personas según “lo que a ellas les conviene”, lo cual nosotros creemos saber mucho mejor que ellas mismas, quienes ―contra toda sensatez, según nosotros― se aferran a certezas distintas a las nuestra que ―estamos convencidos― les son de suyo inconvenientes. Por ejemplo, las que llevan a los subalternos a celebrar las victorias de sus enemigos de clase gracias a que éstos las han convertido en “festividades nacionales”; y como lo nacional incluye ideológicamente a todos, eso basta para que no capten que en la práctica lo nacional los excluye de la nación.

¿Qué hacer? ¿Aceptar esto tal cual es para vivir con paz interior? ¿Es que el bajísimo precio de esa paz es la indiferencia ante nuestra situación y la del prójimo? ¿Son la aceptación y la pasividad sinónimos que obligan a sustituir la revolución por la caridad, y la lucha por el conformismo? ¿Se puede vivir en sociedad con una paz individual que ha sustituido la mundanidad de la praxis por el intimismo de una mística alejada del mundanal ruido?

Ese ruido y esa furia son como son y no como quisiéramos que fueran, ya se sabe. Pero, ¿cómo hago para aceptar mi dura circunstancia en el caso de ser un guatemalteco en el 2020 y no amargarme ante la impotencia para cambiar mi realidad por falta de poder ciudadano? ¿Es que la aceptación de lo que es tal como es implica renunciar a cambiar lo que me aplasta? ¿Debo acatar la opresión para poder vivir en paz? Un cristiano conservador te diría que sí. Un marxista crítico y radical (de los que quedan) te diría que no.

Ante tal dilema, el reto quizá consista en proceder ―sí― a aceptarnos tal como somos, y a la realidad tal cual se presenta, pero buscando comprender la causa íntima del malestar personal que eso nos provoca, estableciendo ―a partir de saber quiénes somos de veras― qué es lo que podemos y no podemos cambiar. La paz interior no se opone a la lucha por el cambio, siempre que no esté animada por una falsa imagen de nosotros que nos haga sentir capaces de cambiarlo todo y a todos, y que si no lo logramos es porque el lugar que nos tocó en suerte transformar no nos merece.

 

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