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Por qué esta crisis es maravillosa (y hace falta un presidente)
Por Martín Rodríguez Pellecer - Guatemala, 15 de julio de 2015

Guatemala vive un momento maravilloso. Estamos destruyendo el sistema de corrupción que impide que la democracia y el mercado funcionen. Un sistema que permite que los políticos se enriquezcan para que grandes empresarios se enriquezcan todavía más. Un sistema que ha funcionado así desde siempre y que en 2015 y 2016 está siendo llevado contra las cuerdas, a pesar de que el país no tenga presidente.

Desde que recuerdo, siempre se ha achacado el subdesarrollo del país a la corrupción. Es cierto. Pero podemos comprender de qué manera la corrupción impide que Guatemala funcione.

El principal problema de Guatemala es la desigualdad. Desde que nos establecimos como finca de café hace 145 años, el 1% se queda con tantos recursos que no alcanza para que la mayoría viva con dignidad y oportunidades. Y a diferencia de buena parte del mundo, el 1% de Guatemala ha logrado impedir cualquier reforma que afecte su acumulación.

En las dictaduras, la élite económica frenaba cualquier intento de justicia social por medio de la violencia. En especial entre 1978 y 1985 financió y apoyó una contrainsurgencia militar de las más sangrientas del planeta. Para derrotar a 15 mil guerrilleros, violaron a decenas de miles de mujeres, desaparecieron a 45 mil personas, asesinaron a 150 mil y desplazaron a 1 millón, en un país de 7 millones de guatemaltecos.

En la democracia, la élite ya no optó por la violencia como primera herramienta para mantener la desigualdad: optó por la corrupción.

El MP y la CICIG nos están demostrando que para la élite económica era más barato sobornar a políticos como Gustavo Alejos, Otto Pérez Molina o Roxana Baldetti para mantener sus privilegios.

Lo que se robaban Otto Pérez, Roxana Baldetti o Gustavo Alejos eran manías a comparación del dinero que dejan de pagar en impuestos las grandes empresas.
¿Qué son casas, yates o cinchos Hermes en comparación a US$100 millones de deuda fiscal que pagó en un día la megaempresa Aceros de Guatemala, o los millones de la venta de café que no pagaba impuestos ni derechos laborales?

¿Qué son los vueltos de publicidad del estadio de los militares en comparación con los megacontratos de publicidad que reciben los monopólicos canales 3 y 7 con la venta de anuncios de la final de la Eurocopa?

¿Qué son los vueltos de las pelotas de futbol que sobrevaloró un Ministro de Cultura en comparación con los millonarios contratos de Conasa, las mineras o los Q21 millones defraudados por el hotelero más grande del país?

Ambos lados son corrupción. La corrupción de roba-vueltos de políticos y militares, y la corrupción a escala de grandes empresarios. Ambas necesitan ser juzgadas. Y juzgar a corruptos no es terrorismo o cacería de brujas. Es juzgar a corruptos.

Como escribió Estuardo Porras Zadik, socio de Nómada, a los políticos se les permitía lucrar a costa de que sus financistas pudieran enriquecerse todavía más. “No es lo mismo un comerciante extorsionado por un criminal que paga su cuota para seguir operando, que un comerciante que comparte el fruto de la extorsión”. Hay políticos de turno, corruptos, y hay quienes crearon un sistema corrupto, lo pusieron en marcha, lo mantuvieron y se enriquecieron sistemáticamente.

Y el problema no está en enriquecerse. El problema está en hacerlo a costa de sobornar a políticos para que no les cobren impuestos, no les pidan que paguen bien a sus trabajadores, no les pongan contrapesos ambientales.

Lo peor es que este modelo de desarrollo, este sistema de corrupción e impunidad, no sólo es vergonzoso. Es que acaba con la vida.

Se mueren o malviven 25% de niños extremadamente pobres. 9.6 millones de los 16 millones de guatemaltecos son pobres. El 85% de los adolescentes no tienen acceso a educación gratuita para secundaria. Hay 28 asesinatos por cada 100 mil habitantes, menos que en los últimos 14 años, pero todavía demasiados. El racismo es espantoso.Y hay decenas de miles de violadas cada año, sin que nadie haga nada.

Este sistema de corrupción, además de impedir que hayan más recursos para bienes públicos, también arruina la prosperidad. Para los empresarios éticos es muy difícil competir con empresarios que sobornan políticos y jueces para no tener responsabilidades fiscales, laborales o ambientales. Que sobornan a políticos y jueces para ser “competitivos”. Que sobornan políticos y jueces para ser impunes.

Aunque hay colegas que le piden a la élite empresarial que reaccione, yo creo que sería mejor que cedan el liderazgo empresarial a sus hijos e hijas más modernos, que les decían que no se puede mantener para toda la vida un sistema de corrupción para aumentar riquezas. Y que no les hagan caso a sus asesores de extrema derecha que piden menos Estado y menos democracia como recetas para la gobernabilidad.

Y en medio de todo este momento histórico tenemos a un señor en Casa Presidencial que se llama Jimmy Morales y tiene que postear en Facebook esta frase: “sí hay presidente, señores, yo trabajo mucho todos los días, apoyo a la CICIG y al MP, apoyo a la SAT. Sí hay presidente, señores”.

Yo también apoyo a la CICIG, al MP y a la SAT, y trabajo mucho todos los días, y eso no me hace presidente.

Como ciudadano, esperaría que un presidente en esta coyuntura estuviera liderando la nueva república que necesitamos.

Una república post-sistema de corrupción e impunidad, en la que se invaliden contratos corruptos para canales, telefónicas o mineras. Una república en la que se cobren más impuestos a las empresas que más lucraron con el sistema de corrupción. Una república en la que se ejecuten bien los fondos para todos los programas sociales y que un gobierno no se vanaglorie porque después de 6 meses entregó transferencias condicionadas en 2 municipios (¡2 de 334! ¡Después de 6 meses!). Una república en la que se haga una reforma electoral de verdad para que los ciudadanos y políticos éticos puedan competir con los políticos tradicionales. Una república en la que se presione a los abogados y jueces corruptos para que no torpedeen los juicios al sistema de corrupción. Una república en la que los empresarios éticos puedan competir en igualdad de condiciones.
Una República de Guatemala con condiciones de justicia social para que todos tengamos oportunidades y se premie al que trabaja y no al que hace trampa.

Pero Jimmy Morales no tiene la capacidad para liderar esto. Y no es porque sea mala gente. Es sólo que no puede. El poco peso político que tiene lo ha usado para frenar reformas en el Congreso, para expulsar a una diplomática comprometida con el país o para reivindicar a los militares. En agosto de 2015, Pérez Molina respondía a la marcha de #YoNoTengoPresidente y decía: “sí hay presidente, señores”. Un mes después estaba fuera, humillado. Creo que Jimmy Morales (y su vice, un señor de apellido Cabrera), bien podrían ceder la estafeta de manera formal. Al fin de cuentas, nunca la tomaron.

Es que ocurre que sí, sí necesitamos de líderes –políticos éticos, empresarios éticos o un presidente– para construir una democracia.

Fuente: www.nomada.gt


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