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¡Vámonos acostumbrando!
Por Magalí Rey Rosa - Guatemala, 21 de octubre de 2005

La rehabilitación ecológica tendría que ser uno de los factores prioritarios a considerarse cuando se planifica la recuperación del país.

Noventa por ciento de todos los desastres ocurridos en la década de 1990 en el mundo, estuvieron relacionados con el agua, mientras treinta y cinco por ciento de la población de América Latina sufre de sequía, de acuerdo a las investigaciones realizadas por especialistas que participaron en el V Diálogo Interamericano sobre Admnistración de Aguas, celebrado este año en Jamaica.

Centroamérica está considerada la segunda región de vulnerabilidad natural en el mundo. Nuestra estrecha franja de tierra rodeada por mares ha sido moldeada por factores naturales, como lluvias, erupciones y terremotos, desde hace millones de años. Las actividades humanas modernas han alterado el sistema climático global.

Esta es una realidad nueva que -aunque cueste- hay que tener en cuenta. La quema de combustibles fósiles es una de las principales causas del descalabro climático a nivel planetario; localmente, la destrucción de los ecosistemas naturales es la mayor causa de nuestra creciente vulnerabilidad ambiental.

Por eso, además de los eventos naturales, vamos a experimentar un mayor número de huracanes y sequías cada vez más extremos. Sólo que ahora éstos ocurren sobre terrenos, inclinados o planos, casi todos desnudos de la protección natural que dan los bosques, las selvas o los manglares.

Las cuencas de los ríos y los lagos están peladas; los ríos con sus cauces alterados o represados...

La rehabilitación ecológica tendría que ser uno de los factores prioritarios a considerarse cuando se planifica la recuperación del país. El otro es la extrema vulnerabilidad social. Guatemala es el país con mayor desigualdad en América Latina. Más del setenta por ciento de la tierra está en manos de dos o tres por ciento de la población.

Cincuenta y siete por ciento de los guatemaltecos es pobre y veintiuno por ciento está en la extrema pobreza. La pobreza produce mayor vulnerabilidad cuando obliga a la gente a vivir y a trabajar en terrenos inclinados, o en los cauces de los ríos.

El trabajo necesario para reparar los daños es inmenso, pero hay que hacer mucho más que eso. Hay que alterar las condiciones sociales para que la población pueda resistir los huracanes, que cada vez serán más.

Y hay que estar preparados para las sequías, que también se presentarán con mayor frecuencia. ¿Será que tendremos la capacidad para asimilar -ante la evidencia- la dimensión del cambio que tenemos que hacer?

Porque es necesario replantearnos la forma como vivimos, construimos, comemos, sembramos, consumimos, nos reproducimos y convivimos. Ante las consecuencias de la crisis ecológica los pobres sufren en primera fila, pero a la larga nadie se libra... Por si creen que estamos exagerando ¡ahí anda Wilma! y a saber quién viene detrás...

Fuente: www.prensalibre.com


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