Sumak kausia
Por Magalí Rey Rosa - Guatemala, 13 de junio de 2008
Actualmente, la mayoría de los seres humanos vivimos rodeados de contaminación, porque está contaminado casi todo lo que comemos, lo que bebemos, lo que respiramos. Por eso, ahora que ya se ha empezado a reconocer el problema del cambio climático como el más grave que enfrenta la humanidad, lo más lógico sería que —en todas partes del mundo— se adoptaran medidas drásticas para detener el deterioro ecológico. Pero no es así. El tema ambiental se aborda en discursos y en teoría, en casi todas las cumbres internacionales donde participan los jefes de Estado de todo el mundo, mientras la naturaleza se destruye y contamina —todos los días, en casi todas partes— con el pretexto inmisericorde del “desarrollo” de las sociedades humanas. Se quema igual cantidad de combustibles fósiles, o más; y se destruyen los ecosistemas naturales, aunque estas dos actividades humanas sean las mayores causantes del cambio climático.
Y cada día, también, son más los seres humanos afectados por este estado de desequilibrio natural. Por eso son especiales, dignos de encomio y de ser imitados, todos los esfuerzos concretos que se hacen para revertir la crisis ambiental. Ecuador destaca especialmente en ese sentido, por la audacia, la creatividad y la fuerza moral de sus propuestas: hace algunos meses se lanzó en aquel país una iniciativa para mantener el petróleo del parque nacional Yasuní donde está, en el subsuelo. Esta propuesta representa la única forma concreta de impedir que ese petróleo se queme, y de que se conserve la importante biodiversidad que se mantiene en esa reserva.
Más recientemente, aprovechando que se discute una nueva Constitución, en Ecuador también se ha planteado la posibilidad de reconocer, por primera vez en la historia de la humanidad, los derechos de la naturaleza. Con esta propuesta se trata también de revivir un ideal —heredado de los quechuas— de vida armoniosa o sumak kausia; armonía entre nosotros, armonía con la naturaleza que nos engendra, que nos alimenta y abriga, que tiene vida propia y valores propios más allá de nosotros, según comenta Eduardo Galeano.
La idea de vivir en armonía con la naturaleza no es extraña para los pueblos indígenas de América que han sabido mantener esa manera respetuosa de relacionarse con la Madre Tierra, y tampoco para quienes sufrimos con su destrucción. Actualmente, mucha gente concibe a la naturaleza solo como una fuente de recursos y buenos negocios, la trata sin respeto y la daña con la más absoluta impunidad, así que la idea de concederle derechos puede resultar inconcebible. Pero si en los Estados Unidos, modelo de justicia universal, a las corporaciones privadas se les reconocieron los mismos derechos que a las personas (derecho a la vida, a la libre expresión, a la privacidad, etcétera) desde hace 120 años, ¿cómo no le vamos a otorgar derechos a la naturaleza? Quién sabe qué pasará en Ecuador con esa iniciativa, que yo aplaudo y admiro.
Tristemente, siento que en Guatemala no hay condiciones para que soñemos con que pueda ocurrir algo semejante. El ministro de Ambiente y su equipo hacen esfuerzos extraordinarios para que —por lo menos— se cumpla la ley, pero chocan contra muros infranqueables de corrupción e impunidad, y contra los intereses particulares de quienes se empeñan en hacer negocios tan oscuros como el carbón y el petróleo. Mientras tanto, Atitlán, la Laguna del Tigre, la costa sur, nuestro patrimonio natural y nuestras esperanzas siguen muriéndose lentamente.
Fuente: www.prensalibre.com.gt |