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Acciones revolucionarias
Por Magalí Rey Rosa - Guatemala, 8 de febrero de 2013

Este artículo va dedicado a quienes creen que los ecologistas no tenemos propuestas, que nos dedicamos a atacar a los creadores de la riqueza, a los generadores de empleo, a los pioneros del desarrollo. Una importante propuesta del ecologismo se refiere a la forma en que se producen los alimentos actualmente. La agricultura moderna masiva es una de las grandes responsables del deterioro ambiental a nivel planetario; y también una de las grandes causantes del cambio climático. Quienes impulsan el uso de químicos tóxicos —muchos de ellos derivados del petróleo— para hacer crecer nuestros alimentos son también partícipes del deterioro de los suelos, la contaminación de las aguas y los efectos negativos en la salud de los seres humanos que consumen a diario los alimentos producidos por la agricultura tóxica.

Si la crisis ambiental es —según algunos de los científicos más respetables del mundo— el problema más crítico que enfrenta actualmente la humanidad, ¿por qué no se hace todo lo posible para detenerla y revertirla? Consideremos las enormes cantidades de dinero que se invierten para minimizar la gravedad de la crisis ecológica, para negar la responsabilidad del ser humano y para culpar a los más pobres por la debacle ambiental. En el imaginario popular llegan a la categoría de “verdades” las que repiten a diario los medios de comunicación; y solamente las grandes empresas pueden invertir cantidades millonarias en campañas de publicidad tan masivas que terminan ahogando casi todo lo demás. La mayoría de la gente no tiene acceso a información alternativa, ni tiempo o interés para buscarla; la mayoría de gobernantes y políticos también están “bajo la influencia” de las poderosas compañías transnacionales. Por eso la crisis ambiental avanza sin que parezca que nada vaya a poder detenerla. Y es de dimensiones tan enormes que nos sentimos impotentes.

Aunque no sea evidente, hay acciones revolucionarias que los ciudadanos podemos impulsar. Guatemala tiene condiciones óptimas para la producción agrícola, pero casi todo lo que se produce actualmente es a base de químicos; y en los peores casos, con semillas genéticamente modificadas. La megacultura agrícola tóxica no es la única forma de producir alimentos. Muchos pueblos originarios, en todos los continentes, saben cultivar naturalmente, sin necesidad de venenos que enferman la tierra, el agua y a quien los consume. Muchos agricultores han desarrollado técnicas que combinan conocimientos tradicionales con innovaciones modernas sanas. Cada persona que opta por escoger alimentos que se cultivan sin venenos tóxicos, con técnicas de producción y conservación de suelos, contribuye a combatir el deterioro ambiental, a frenar el cambio climático y puede ayudar a conservar nuestra biodiversidad. ¿Qué pasaría si —en lugar de repartir fertilizantes químicos— el Gobierno aprovechara el conocimiento de cientos de agricultores orgánicos —que los hay— para repartir abonos naturales? Se iniciaría un proceso que podría regenerar poco a poco los suelos, conservar mejor el agua, liberar a los campesinos de la necesidad de comprar fertilizante —lo cual pesaría cada vez menos en el presupuesto nacional— y podría mejorar la salud del pueblo de Guatemala.

Fuente: www.prensalibre.com


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