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Guatemala: El tiempo de espera terminó
Por Manuel R Villacorta O. - Guatemala, 18 de junio de 2008
manuelvillacorta@yahoo.com

Ahora ya nadie lo duda: el mundo cambió radicalmente. La última década fue la plataforma de la cual emergieron las más impresionantes transformaciones globales. Un nuevo modelo de comunicación basado en el sistema satelital, la internacionalización del libre comercio, la redefinición de las funciones productivas de muchos Estados incidentes, el auge de las migraciones humanas como práctica recurrente y finalmente, la readecuación de la producción y uso de las diferentes fuentes energéticas, marcaron la nueva ruta de la humanidad.

Esos espectaculares cambios no podían dejar de incidir directamente en Guatemala, pero ni los consideramos ni nos preparamos para ello. La tradicional miopía de quienes nos han “gobernado”, nos cobra ahora una cuantiosa factura. Y la crisis aun comienza. A diferencia nuestra, otros países visualizaron el futuro e iniciaron reformas para adaptarse al cambio. Nosotros no. Y el impedimento mayor, esa limitante estructural irreversible que nos imposibilita una mejor posición ante los cambios, es la ofensiva distribución de la riqueza en el país: 80% del ingreso nacional anual se concentra a favor de menos del 10% de la población.

He oído decir tanto a personas ilustradas como a ciudadanos comunes, que las contradicciones sociales, económicas, políticas y culturales de Guatemala, deben agudizarse a extremos, hasta llegar a un punto de colapso y ruptura (en línea con la tesis de Fukuyama), porque sin este fenómeno, sin cubrir esa etapa es imposible dar paso cualitativo a un nuevo modelo nacional, más justo, más estable, más democrático. En síntesis creo que los aludidos consideran imposible que el sistema se transforme a si mismo a partir de la propia voluntad de quienes han gozado del usufructo del poder fáctico.

Esto hace recordar las hipótesis que proliferaron en América Latina en los años 70 y 80 (Zovatto, Linz, Alcántara y otros), referentes a la reforma política: del autoritarismo a la democracia, lo ideal –expresaba el consenso- es que la transición entre esos dos regimenes no se hiciera violentamente o revolucionariamente, sino que mediara una transición pactada, paulatina y no traumática. Lo mismo creo ocurre ahora: la Guatemala tan económicamente diferenciada deberá convertirse en una Guatemala más equitativa. Que eso ocurra violentamente o no, depende de varios factores: 1. La habilidad y la voluntad de las élites para favorecer el cambio. 2. El nivel de resistencia o tolerancia de la inmensa mayoría pobre en Guatemala. 3. La intensidad con que continúen golpeando los fenómenos exógenos, específicamente el auge en el precio de los combustibles derivados de petróleo.

En síntesis, ahora sí, el cambio nadie lo detiene, su carácter dependerá de las acciones que la dirigencia nacional determine. El escepticismo de que en Guatemala nada cambia terminó. Cuestión de meses para confirmarlo.

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