Caudillitos imaginarios
Por Manuel R Villacorta O. - Guatemala, 31 de enero de 2010
manuelvillacorta@yahoo.com
El sistema político guatemalteco -regido por un Tribunal Supremo Electoral laxo, condescendiente y limitado en su capacidad regulativa- favorece la proliferación abierta o encubierta de incontables aspirantes a puestos públicos. Cualquier pretexto es utilizado por los interesados para publicar anuncios en la prensa, instalar vallas publicitarias e incluso, ejecutar actos públicos. Esa descontrolada proliferación de aspirantes a puestos públicos, desprestigia al régimen político. Evidencia el carácter fragmentario del mismo y desnuda un sistema partidario que se caracteriza por su inestabilidad, por la carencia de representación e intermediación social, por la ausencia de propuestas programáticas técnicamente sustentadas y por su recurrencia a la práctica oligárquica, que excluye la participación política de valiosos ciudadanos por no ser parte de los “privilegiados propietarios” del partido.
El éxito de un partido político radica en dos instancias. La primera, vinculada a su constitución interna: todo partido debe tener una filosofía política (base ideológica) y una propuesta programática (base operativa). La segunda, orientada a su relación directa con la sociedad civil: todo partido debe representar orgánicamente a uno o varios sectores sociales organizados; debe de instituir canales de intermediación ente los sectores sociales que representa y los organismos del Estado. Todo partido político debe demostrar habilidad para concretar acuerdos basados en el consenso, lo que a su vez consolida la gobernabilidad democrática; y no menos importante es crear una escuela permanente de formación política, que permita capacitar a sus afiliados y simpatizantes.
Las características anteriores no son fáciles de concretar, son producto de un proceso lento y continuado. Asimismo, el éxito de un partido político se basa principalmente en la calidad de su liderazgo. Es en esto último en donde radica el punto vulnerable de los partidos en Guatemala. El caudillismo abierto o encubierto, ese culto a la personalidad tan evidente, hace que los partidos reproduzcan organizaciones autoritarias, reaccionarias y cerradas. Cuando un partido político depende de una “figura única”, ese partido evidencia una vulnerabilidad inmensa, el carecer de liderazgo grupal o social lo hace débil e incluso, efímero.
¿Por qué los “propietarios” de los partidos políticos temen tanto a la democratización interna de sus instituciones? ¿Por qué se forman esos reducidos círculos de poder que cierran filas alrededor de un caudillo y bloquean las posibilidades de recibir cuadros externos capaces de competir con capacidad por los puestos de dirección? ¿Acaso los partidos políticos nacen con la idea preconcebida de ser utilizados solamente como vehículos para alcanzar el poder y resolver causas personales? ¿No basta con observar que de 1984 a la fecha han surgido y desaparecido más de 60 partidos políticos en Guatemala? Penosamente, todo apunta que en materia política, seguiremos como estamos.
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