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Vamos de nuevo por tí, Guatemala
Por Manuel Villacorta . - Guatemala, 30 de julio de 2018
manuelvillacorta@yahoo.com

La polarización política que se inicia en Guatemala a partir de 1954 llegó a extremos jamás imaginados. Su punto más exacerbado fue la vigencia del conflicto armado interno en donde la violencia se ensañó contra cientos de miles de guatemaltecos, generalmente víctimas inocentes. En diciembre de 1996 se firmó el Acuerdo de Paz Firme y Duradera, mediante el cual se daba por finalizado el enfrentamiento armado entre el Estado y la URNG. Varios acuerdos previos —sustantivos y operativos—, marcaban la ruta a seguir para la construcción de una Guatemala diferente, democrática y en paz. A partir de 1986 cuando asume el primer gobierno civil se iniciaba la transición hacia la democracia. En mi tesis doctoral luego orientada como libro, planteo tres hipótesis respecto a lo que pudo ocurrir con la misma: A) Una transición política inconclusa, en proceso regresivo hacia el autoritarismo. B) Una transición sobreexpuesta y prolongada. C) La instauración de una democracia precaria. Para apuntalar mis apreciaciones, estudié detenidamente las transiciones políticas ocurridas en España, Chile y Argentina.

Una conclusión es que para que un país pueda sustentar un verdadero modelo democrático y un sistema económico eficiente y funcional, debe constituir organizaciones sociales y políticas fuertes, deben existir propuestas, programas e idearios bien sustentados. Ciertamente y como designio natural, en toda sociedad existen conflictos de visión y de intereses, los cuales deben de ser procesados a partir de la tolerancia, la discusión y la disponibilidad antepuesta orientada al compromiso de intentar llegar a acuerdos. Una fórmula útil es tener como condición unánimemente aceptada, que el interés nacional siempre sea el eje transversal que cruce sectores, ideas, intereses y objetivos. Y es precisamente porque nunca los guatemaltecos acordamos accionar en torno a lo anterior, que han pasado los años desde el inicio de la transición y la firma de los acuerdos de paz, sin que lográsemos orientar el país hacia una ruta de desarrollo sólida e indetenible.

Hoy luego de ese recuento de daños producto del prolongado desencuentro social y la polarización, tenemos una sociedad pulverizada, con organizaciones poco representativas, ajenas a un proyecto nacional consensuado. Factores nunca considerados surgieron y están causando —cada uno desde su origen— graves daños a nuestra población y nuestros recursos naturales: el crimen organizado y el cambio climático. Nos queda como nefasta herencia la posesión del sistema político más corrupto de América Latina, altos niveles de pobreza y carencias sociales, un aparato público burocratizado, infectado de corrupción e ineficiencia. Y un sector empresarial —con énfasis en los grandes empresarios— que perdió los vectores de su propio sentido, politizado, criminalizado y desarticulado. Un cuadro nacional como el anteriormente considerado, jamás podrá ofrecernos a corto plazo una esperanza de cambio nacional.

Pero no todo está perdido. Ya lo expresó Gramsci: “Al pesimismo de la razón, deberá anteponérsele el optimismo de la voluntad”. Esta patria única dotada de tantos recursos naturales y humanos, tiene posibilidades grandes de articularse mejor y construir un presente que nos garantice un mejor futuro. Aceptación de cargos, asumir las responsabilidades, darle vigencia al interés nacional y alimentar la tolerancia, son ahora, las mejores armas que tenemos. El día que todos trabajemos por el mismo objetivo, habremos conquistado el derecho a tener patria, a creer en ella y a defenderla sin condición alguna.

Fuente: www.prensalibre.com


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oblación campesina guatemalteca ha empezado a caminar. Lo que para muchos de nosotros es promisorio, para otros, es condenable. Como si no fuesen seres humanos, como si los derechos elementales (a la vida, la libertad y la propiedad) tuviesen únicamente determinados afortunados. Y en ese caminar estas poblaciones se hacen sentir. Son tantos, millones, que a algunos les genera miedo. Y con angustia se preguntan ¿Qué es lo que viene? ¿Una revolución? ¿Un levantamiento social? Yo creo que ni lo uno ni lo otro. Lo que viene es la necesaria reivindicación de derechos y oportunidades. Lo que viene es un modelo democrático establecido desde abajo, desde sus cimientos. No será un suceso violento como ocurrió en Francia en 1789, en México en 1910 o en Rusia en 1917. No, no será así.

Hoy muchos jóvenes campesinos, indígenas o mestizos, han logrado romper las barreras de la marginalidad. Se están organizando, han estudiado, se han formado, han aprendido por experiencia propia. Y están nutriendo las nuevas y cada vez más fuertes organizaciones populares. Manejan con precisión la informática y las redes sociales, se comunican, se entienden, se articulan cada vez mejor. Mientras la miseria política urbana se enreda