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El hombre que habitaba en la Calle del Sexo Verde
Por Marta Sandoval - Guatemala, 31 de octubre de 2004

Se cumplen diez años de la muerte de uno de los dramaturgos más sobresalientes de Guatemala: Hugo Carrillo, el hombre que transformó la manera de hacer teatro en el país.

En 1974 una obra teatral causó conmoción en Guatemala, se trataba de la adaptación de El Señor Presidente de Miguel Ángel Asturias. Franz Mez, quien decía ser el creador de la pieza daba entrevistas a la prensa y recibía las felicitaciones de todos. La noche del estreno Hugo Carrillo se encontraba entre el público, algunas personas que estaban cerca le decían: “aprenda a escribir teatro, aprenda de Fran Mez”. Él sólo reía para sus adentros. Días más tarde Carrillo confesó que en realidad él había adaptado la pieza e inventado a Franz Mez a partir de las iniciales de su nombre. Para jugarle una broma a todo el mundo, se había puesto de acuerdo con un antropólogo estadounidense, amigo suyo, que fingió ser el dramaturgo y atendió a la prensa. Para Hugo Carrillo todo era teatro y lograba montajes fuera y dentro del escenario, éste fue, probablemente uno de los primeros “happenings” que se hicieron en Guatemala.

Esta anécdota demuestra algunas cosas: el sentido del humor de Carrillo, la manera en que el teatro fue siempre parte de su vida y la humildad que le caracterizaba.

Carrillo leía sin falta una obra todas las noches. Llegó a leer cientos de piezas de teatro. Felipe Valenzuela, sobrino del escritor, recuerda que nunca interrumpía esa tradición. Incluso las noches en que se iba de parranda y regresaba avanzada la madrugada, leía una pieza, de un solo acto por la falta de tiempo.

Carrillo, el revolucionario

El Teatro en Guatemala tuvo una época muy fructífera. Años en los que el teatro ambulante llegaba a todos los rincones del país y cuando el gobierno revolucionario financiaba a los actores. Sin embargo, todo eso acabó con la caída de Jacobo Arbenz y la represión contra las manifestaciones artísticas volvió a instaurarse.

En ese entonces –finales de los años 50– varios de los más importantes representantes del teatro nacional decidieron salir en busca de nueva experiencias. La actriz Concha Deras recuerda que Hugo Carrillo y René Molina partieron sin un centavo en los bolsillos rumbo a México, donde ocasionalmente conseguían algún papel en una obra. Más tarde lograron llegar a Europa. En Italia se separaron y Hugo Carrillo viajó hacia Francia. “En París tuvo la experiencia del buen teatro, fue un lugar de estudio y de contacto con gente muy valiosa”, comenta Conchita. “A su regreso empezó a ver que se podía hacer y milagrosamente logró formar la Compañía Nacional de Teatro. Él ya había trabajado con el TAU –Teatro de Arte Universitario-, y posteriormente fundó otros grupos, como el Teatro Club, que era un grupo de estudio”, agrega.

En los años 60, Carrillo escribió la pieza que cambiaría el rumbo del teatro en Guatemala: ‘La calle del sexo verde’, una obra sobre la marginalidad, en donde se confrontaba a la censura con un lenguaje soez.

La calle del sexo verde "hizo escándalo porque salía una prostituta y un homosexual”, recuerda Derás. “Fue un verdadero escándalo, pero Hugo era escandaloso, a él le fascinaba retar a la gente. Fue arrolladora esa obra, tuvo gran aceptación, nunca hubo butacas vacías”.

Lo mismo había ocurrido años antes con El Corazón del Espantapájaros, un drama sociopolítico que también causó controversia. Estrenada en 1963, la obra volvió a montarse en 1977, “pero fue censurada. Dijeron que si seguían poniendo esa obra iban a quemar la Universidad Popular. No fue una acción contra él exactamente, pero la obra tuvo que suspenderse”, comenta Valenzuela. “Esta era una obra antimilitarista, basada en una historia de amor a lo Romeo y Julieta, un amor que no se llega nunca a concretar, no fallido sino truncado”, agrega.

“El teatro de Hugo era directo. Tenía una gran facilidad para el teatro social, a veces era una mezcla de grotesco y tradicional, sin embargo, tenía cosas muy particulares como los juegos de estructura”, dice Valenzuela.

“La obra de Hugo Carrillo bien leída tiene toques de Buñuel y probabilidades como de películas de Almodóvar. Maneja ese tipo de ironía que utilizaron Buñuel y Almodóvar”, comenta el pintor Ramón Banús.

Algunas de sus piezas salieron de las fronteras nacionales. En Venezuela, el grupo Rajatabla, uno de los más importantes en Sudamérica, continúa montando la versión de Carrillo de El Señor Presidente. Valenzuela recuerda que incluso un importante director en Nueva York quiso representar ésta en Estados Unidos, pero pidió que le hicieran algunas modificaciones, a lo cual Carrillo no accedió: “Dejó la internacionalización, el dinero y la posible fama, por no sacrificar su obra. Él era muy orgulloso de su trabajo”.

“Sus obras fueron montadas siempre con mucho éxito, no sólo en Guatemala. También en México, en Argentina y en varios países”, recuerda el dramaturgo René Molina.

Carrillo, el director

Concha Deras recuerda que como director Hugo Carrillo era el más exigente. Ninguna obra suya se ensayaba menos de tres meses, todos los días, las horas que fueran necesarias. “A veces llegábamos a los 9:00 de la noche y salíamos a las 3:00 de la mañana, porque él nos exigía que tenía que ser perfecto. Él se preocupaba mucho por la calidad de sus obras y por ningún motivo permitía que quedaran mal. Nosotros siempre dijimos que preferíamos vender papas antes que hacer teatro mediocre”.

Un día, Deras recibió una nota, era de Carrillo y decía: “Concha, necesito que me ayudés, ¿me puedo quedar en tu casa una semana”, ella tomó un papel y redactó una nota de vuelta que decía: “Venite”. Hugo llegó a casa de Concha y se quedó un año. En ese tiempo ella aprendió muchas cosas, pero asegura que la mayor enseñanza que él le dejó fue “no tirar la toalla”. Deras y Carrillo fueron amigos desde la juventud, tenían veinte años cuando iban a los pueblos a presentar obras de teatro. “A veces íbamos en jeep o a veces en un avión del Ejército que no tenía asientos”. Concha recuerda que siempre que llegaban a los pueblos por las noches, ella salía a las cantinas con Hugo Carrillo y los demás integrantes del grupo. “Los cinco pesos que ganábamos nos los gastábamos en parrandas”, recuerda.

Durante su larga trayectoria Carrillo logró innumerables aportes culturales como la creación del “teatro para estudiantes”. Él instituyó el teatro como una herramienta didáctica y así monto obras como las adaptaciones de Historia de un Pepe de José Milla o Doña Bárbara de Gallegos. Además, fue director del TAU (Teatro Artístico Universitario) y de la Compañía Nacional de Teatro. “Cuando Hugo descubrió el teatro, fue amor a primera vista. Un día se topó con una representación y dijo esto es lo que quiero. Y a partir de eso y contra la corriente, contra todo y contra todos, contra familia y sociedad, se entregó a ello”, comenta Valenzuela.

Hugo Carrillo daba un consejo a quienes querían escribir teatro: transcribir piezas famosas. Él mismo se sentaba en su escritorio y en una rústica máquina de escribir copiaba obras de Chejov o de Casona, esto con el fin de conocer la estructura, de adentrarse en el oficio.

Carrillo, el amigo

“Mi gran amistad con Hugo Carrillo, además del afecto y de su inteligencia, se dio porque él era una persona, que como yo, le gustaba hacer preguntas, no dar respuestas”, dice Banús.

“Discutíamos mucho, pero nunca hasta faltarnos el respeto. Además, era cuestión de un tiempo, hasta que lo arreglábamos y volvíamos a ser amigos”, recuerda Conchita. “Era muy íntegro, una persona con la que no se podía uno aburrir, muy ingenioso, muy ágil, excelente amigo”, agrega.

Hace mucho años que no se puede apreciar una pieza de Hugo Carrillo en el teatro, pero al menos ahora ya es posible leer una recopilación de sus obras que Editorial Cultura sacó este año al mercado con el título de Teatro Escogido. Ahí se reúnen El Corazón del Espantapajaros, La Calle del Sexo Verde, El Señor Presidente, La Chalana, Las Orgías Sagradas de Maximón. El teatro de Carrillo es sin duda fundamental y de un valor profundo. El mismo Julio Cortázar le llamó en una ocasión para felicitarlo y Vargas Llosa le pidió que adaptara sus escritos al teatro. En realidad, las palabras de Mario Monteforte no estaban equivocadas cuando dijo: “Si no existiera Hugo Carrillo habría que inventarlo”.

Tomado de www.elperiodico.com.gt


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