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Mujer campesina, tierra y Estado
Por Mario Sosa - Guatemala, 18 de octubre de 2007
mariososav@yahoo.com

Indudablemente, el campesinado guatemalteco se está enfrentando y se enfrentará a condiciones que agravarán sus ya precarias condiciones de vida y que, en particular para la mujer campesina, serán todavía más devastadoras.

Con esa preocupación y a partir de la necesidad para entender la situación de la mujer campesina en el campo guatemalteco, que tenido el atrevimiento de escribir y compartir estas ideas alrededor del tema Mujer campesina, tierra y Estado. Ideas que intentan recuperar y puntualizar elementos importantes como contribución al conocimiento, análisis y debate sobre el problema.

Indudablemente, alrededor de la tierra –de su propiedad y usufructo- se ha reproducido no solamente un régimen de explotación y expoliación y dominación social en general, sino también se ha reproducido un sistema de desigualdad que, en el caso particular de las mujeres, representa una de las principales condiciones que mantienen y reproducen su situación explotación y triple opresión: de clase, de género y étnica.

De los académicos, técnicos y tecnócratas vinculados a la temática, y de la población campesina y las mujeres campesinas en particular, es sabido que la propiedad de la tierra es condición para el acceso a crédito, capacitación, tecnología, etc., pero sobretodo es condición para el acceso a poder, poder con el cual se pueden modificar condiciones y relaciones sociales marcadas por la injusticia. De tal manera que, en el caso de la mujer campesina, como parte de una clase social determinada, el hecho de que carezca de propiedad no solamente la limita, sino le impide acceder a información, recursos, capacidades y, por consiguiente, al poder, el cual queda en manos de quienes en su calidad de propietarios –de parcela, de propiedad colectiva como titulares o de latifundios- mantienen la propiedad o el usufructo sobre este recurso indispensable y principal para la reproducción social en el campo.

En este sentido, es necesario recuperar tres fuentes que reproducen las condiciones de la mujer campesina.

Primera fuente
La estrategia patriarcal para la transmisión de la propiedad sobre la tierra generalmente excluye a la mujer, privilegiando a los hombres y principalmente al primogénito. Si bien dicha estrategia se explica como estrategia de reproducción campesina, también resulta ser una estrategia para la reproducción de relaciones patriarcales que al hacer de la mujer un objeto de opresión, la relega, limitar y condiciona a jugar un papel preestablecido en el ámbito de la organización familiar y comunitaria, campesina y rural.

Esto genera que el hombre sea, en esencia, el único sujeto con derechos a la tierra y el único sujeto agrario. Además, el único sujeto visibilizado. En esta condición, suele no considerarse o desconsiderarse la importancia histórica de la mujer campesina como fuerza de trabajo en la parcela familiar y en las fincas latifundistas dentro y fuera del territorio nacional; pero también ha sido el cimiento para su invisibilización como productoras, trabajadoras y reproductoras de vida, del trabajo y de un sistema que no deja de sostenerse en la capacidad productora y reproductora del campesinado.

Lo anterior, sumado al carácter patriarcal de las comunidades rurales, indígenas y no indígenas, y a la sociedad en general, han impedido que la mujer campesina se constituya en sujeto de derechos efectivos: a la propiedad o co-propiedad, al crédito, a la tecnología, a la salud y educación, a la organización y participación política protagónica en la comunidad, la organización, el partido, el Estado y la sociedad en su conjunto.

En esta misma dirección, con relación al carácter patriarcal de las estrategias de reproducción campesina, es necesario cuestionar el relativismo cultural y la falta de crítica a la cultura –en nuestro contexto a la cultura ladina o mestiza e indígena-, una crítica que sin caer en una actitud racista o asimilacionista, asuma y se comprometa con la necesidad de construir sociedades y pueblos justos e igualitarios, sin aducir la cultura y sin asumirla como fetiche para la reproducción de desigualdad e injusticia, en este caso de género.

Segunda fuente
La problemática que enfrenta la mujer campesina no puede desvincularse de su clase social y, por consiguiente, del modelo de acumulación imperante que reproduce y profundiza las condiciones del campesinado guatemalteco. Ya conocemos como el capitalismo -algunos dirán el mercado como ambigüedad discursiva cargada de ocultamiento- define un lugar marginal a la economía campesina, pero al mismo tiempo esencial para la reproducción social del trabajo y el mantenimiento del ejército de campesinos en permanente reserva; un capitalismo que en su modalidad local, prioriza la producción para la exportación, la concesión indigna de los recursos naturales, las carreteras (como negocio rentable) por sobre la salud y la educación (concebidas como gasto social), es decir, prioriza necesidades externas, alejadas del interés de la gente del color de la tierra como poéticamente se le ha denominado en el contexto mexicano a la gente indígena y campesina, a la gente olvidada.

Las viejas y nuevas modalidades de acumulación de capital, como la extensión e intensificación de la minería, la producción de agro combustibles, los megaproyectos (por ejemplo: la carretera de la Franja Transversal del Norte), los tratados de comercio impuestos, los planes regionales como el Plan Puebla Panamá, tienen y tendrán un impacto directo en el agro guatemalteco y en particular sobre la clase campesina en su dimensión de trabajadores, productores, familias y comunidades y, por supuesto, como mujeres campesinas. La quiebra de productores de granos básicos, la extensión del despojo de tierras o su compra a precios obligados, el desplazamiento de población, la anunciada crisis alimentaria, son sólo algunos de esos efectos que ya están empezando a sentirse.

Los procesos de la mal llamada globalización, que no es otra cosa que el carácter de la fase de desarrollo actual del sistema capitalista, generan modalidades cualitativa y cuantitativamente particulares. Por ejemplo, la migración está teniendo un impacto sobre en el papel de la mujer en la familia, en la producción y el trabajo agrícola y doméstico –dentro del hogar y fuera de este-, en la organización social y política comunitaria y regional, etc. Impactos que profundizan la injusticia en términos de la propiedad sobre la tierra, los salarios e ingresos, las jornadas dobles de trabajo fuera y dentro del hogar, las exclusiones políticas, la marginalidad. Son impactos que genera, no esa abstracción ambigua llamada globalización, sino el sistema capitalista y su modalidad de acumulación (de “desarrollo” dirán algunas) que reproduce la injusticia y la desigualdad.

Tercera fuente
El Estado guatemalteco no hace más que reproducir el mismo esquema, pues no solamente ha reproducido la “lógica del mercado de tierra”, sino además ha reproducido la lógica patriarcal al reproducirla desde sus aparatos ideológicos y al no intencionar políticas de acceso a medios de producción por parte de las mujeres o al intencionarlas sólo cuando existe presión internacional para ello.

En esta dirección el proceso es lento, sobretodo en contextos en donde quienes instituyen las políticas están marcados por lógicas conservadoras, carácter que también presentan aquellas lógicas supuestamente progresistas que subyacen en políticas paliativas, parciales y temáticas (Fondo Indígena para los indígenas, PROMUJER para las mujeres). Lógicas que en sus informes nos hablan de coberturas y avances que resultan ínfimas contribuciones que no se corresponden con el papel y la participación de la mujer en la producción, el trabajo y la reproducción social. Lógicas que además se reproducen en proyectos colectivos desde la misma organización campesina en sus múltiples modalidades, cuya propiedad de la tierra si bien puede estar en manos de la cooperativa, a la misma pertenecen especialmente los hombres en representación de la familia beneficiaria, lo cual a su vez representa que son ellos quienes toman las decisiones sobre la tierra, sobre el carácter del proyecto de desarrollo comunitario y sobre la colectividad. Lógicas que en sus buenas o malévolas intenciones, además, son contradichas por las políticas fundamentales del Estado (como las políticas económicas, financieras, energéticas, mineras, de infraestructura, etc.) que profundizan la explotación, expoliación, marginación y desplazamiento de la clase campesina en su conjunto.

La inexistencia de estadísticas y políticas coherentes con la gravedad de la problemática, ignoran u ocultan el papel de las mujeres como productoras de la tierra y, a partir de ahí, como productoras de reproducción social, cultural, de vida. Se les recupera sólo y sí constituyen un producto atractivo para venderlo a la cooperación no gubernamental, intergubernamental, a los organismos internacionales de crédito, etc.

El Estado sigue siendo entonces, en esencia, un instrumento para concretar y legalizar el histórico desbalance en las relaciones en el agro, que se concretan como concentración de la tierra, salarios de hambre, exclusión del crédito, la tecnología y la capacitación, como despojo.

Estamos entonces, ante un sistema que en todos los ámbitos y perspectivas, hace de la mujer campesina e indígena del campo, no un sujeto de derechos, sino un objeto de violencia histórica y cotidiana, económica, social y política. Una violencia por demás normalizada, en tanto es la norma y en tanto nos resulta normal.

Notas finales
La perspectiva de género en el estudio y análisis de la relación Mujer-tierra-Estado es esencial, pero requiere recuperar una perspectiva integral. Si las condiciones de pobreza, de explotación y opresión se mantienen o aumentan para la mayoría de la población, las condiciones de la mujeres, aunque más agudas, seguirán siendo el marco en el cual se seguirá indagando, analizando y hasta reproduciendo ideológica y políticamente un régimen injusto, en este caso, para la clase campesina en general y para la mujer campesina en particular.

Pero también requiere de múltiples miradas, una de las cuales es imprescindible: la mirada de las mujeres campesinas, como sujeto, aportando con voz propia su experiencia, vivencia y perspectiva alrededor de la cual nos sorprenderíamos de sus reivindicaciones, demandas, luchas, resistencias y propuestas, de su perspectiva política no solamente con relación a la tierra, sino con relación a sus derechos individuales y colectivos –como mujeres y como parte de pueblos indígenas-, al territorio, al mercado, al “libre comercio”, al Estado, a sus organizaciones mismas, etc.

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