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La aventura de los emigrantes
Por Méndez Vides - Guatemala, 11 de noviembre de 2004
mendezvides@itelgua.com

Se dice que “la necesidad tiene cara de chucho” y es la llave que motiva las grandes hazañas. Diariamente, aguerridos guatemaltecos emprenden la aventura de sus vidas, abandonan patria, familia y legalidad, y se dejan conducir por los “coyotes” hacia el sueño americano. El territorio de México es extenso, pero logran atravesarlo por rutas imprecisas, que van variando según sopla el viento. Luego está la frontera yanqui, protegida por un ejército de policías entrenados, sistemas de control sofisticado, satélites y perros antidiluvianos, amén de las inclemencias del tiempo, el río y el desierto desolador. El dichoso país está en guerra contra el terrorismo, por lo que ha desplegado un inmenso sistema de control para cuidarse de presencias extrañas, así como mantiene otra guerra contra el tráfico de estupefacientes, pero nada impide el paso victorioso y sacrificado de los trabajadores chapines que se cansaron de vivir en un país donde las condiciones no mejoran, donde se lucha en balde de día y noche, hundidos en el pozo.

Unas semanas atrás, un joven jardinero se contagió con el sueño. Se los describo: amable, sencillo, diminuto, iletrado, incapaz de matar una mosca. Trabajaba en un sector donde se le apreciaba, y se diría que era de los pocos agricultores afortunados que llegado del campo se había labrado aquí un medio de subsistencia relativamente privilegiado, aunque modesto. Ya se había hecho de vivienda. Las enfermedades y las medicinas de los hijos lo esquilmaban cada cierto tiempo. El sube y baja de las apreturas alimentó su aventura, porque los chapines soñamos y queremos mejorar. Un día tomó la valiente decisión. Ahorró, juntó, prestó dinero y negoció con un coyote su transporte al país del ensueño. Diez mil quetzales aquí, y US$2 mil al llegar a su destino, pagaderos por su contacto en el Norte. Fueron semanas las que escuchó consejos sobre desistir, advertencias de riesgos, explicaciones sobre las inclemencias de la nieve y el idioma extraño, el racismo, pero nada lo detuvo. Necio, como Viñals, se decidió a escalar el Himalaya. Se marchó sin un centavo en el bolsillo, para evitar ser asaltado en ruta. Todo lo que consiguió se lo dejó a la mujer e hijos. El atrevimiento iba motivado por la posibilidad de ganar más, desempeñándose en lo mismo. Tan inmigrante en la ciudad de Guatemala, como en el Norte. Siempre otro el idioma, otra la gente, lejos de sus montes y de los suyos.

Dos semanas más tarde se comunicó. Ya estaba sano y salvo del otro lado. Había viajado en grupo de diez. Contó que en el último trecho cruzaron el río, trayecto donde uno de los viajeros se rindió y pereció ahogado. Se comunicó con su familia por teléfono, con lágrimas en los ojos y atragantado. Ahora podrá mandarles la remesa soñada cada mes, para que coman mejor y se vistan y puedan progresar, aunque el costo sea tan grande: la separación.

Tomado de www.elperiodico.com.gt


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