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Alimentando el racismo
Por Méndez Vides - Guatemala, 18 de noviembre de 2004
mendezvides@itelgua.com

La mala práctica racista va de la mano con las imperfecciones de la condición humana. Hace apenas medio siglo que los tan civilizados alemanes emprendieron el genocidio de judíos, los marcaron con una estrella y los hornearon como pan. Los gringos se las daban en esa época de muy salsas y moralistas, pero mantenían separados en su traspatio a negros y blancos (para cada uno su propio autobús y escuela), y en campos de concentración a los japoneses, y en reservaciones de tierra árida a los indios. Hoy día cuentan con un ejército multiétnico, entrenado para matar musulmanes. El país más libre del mundo es una especie de acuario en donde conviven múltiples tipos de peces, ignorándose entre sí, nadando en una dirección los tiburones y en otra las mantarrayas, y en otra las sardinas, siempre similar el equipo por el color de las escamas o por la rasgadura de los ojos. Todos viviendo juntos pero separados.

El racismo también se verifica en Guatemala, donde la minoría caucásica sigue aún rigiendo a la mayoría maya, pero donde la manifestación más encendida del menosprecio racista se origina en el mundo mestizo, orientado contra el grupo nativo de sus orígenes. Si se le mueve el palo genealógico a la mayoría de chapines, les saldrá más de un traje de colores a unos o un vestido occidental a los otros. La mezcla existe en mayor o menor grado, lo que ha dado lugar a una población nueva, con mucho en común y donde, por lo tanto, el racismo mismo resulta incomprensible. Aquí lo que se da es más un problema de clases, donde las diferencias se desvanecen al mejorar la nutrición y educación, o abultarse la cuenta de ahorros.

La reivindicación del mundo maya es un asunto lógico, que va de la mano con el progreso, pero alimenta el racismo cuando adopta poses folclóricas opuestas a la ciencia y al conocimiento. Tal vez en el pasado existió cierta cosmovisión, que iba acorde con el avance científico tan limitado en su momento, pero ahora ya no se puede ignorar lo aprendido. Eso de practicar ritos a dioses falsos como los planetas, la tierra o ciertas plantas, ya no tiene sentido en el siglo XXI. El show de los sacerdotes jugando con el incienso, como en los tiempos de la idolatría, es pura película para divertir a los extranjeros, que así alimentan su racismo paternalista y descargan su conciencia. El mundo maya corre el riesgo de exponerse al ridículo al reinventar disfraces y plumas, al practicar ritos desfasados frente a los edificios públicos, en un mundo moderno donde ya están superadas esas creencias. Es como si los herederos de los españoles conquistadores continuaran con la sinrazón del rito católico en latín y preservaran el gobierno de la Inquisición.

Los guatemaltecos debemos superar el pasado, construir un mundo progresista incluyente y evitar que se clasifique a sus habitantes, porque la verdad es que juntos conformamos un mismo grupo.

Tomado de www.elperiodico.com.gt


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