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Las memorias de María Vilanova
Por Méndez Vides - Guatemala, 23 de noviembre de 2004
mendezvides@itelgua.com

María Vilanova de Arbenz se queja lastimada al final de sus memorias, por aquello que no le desea a nadie en este mundo: ¡Ah de los vencidos! La salvadoreña participó al lado de Jacobo Arbenz en el gran momento de nuestra historia a mediados del siglo XX. A su marido le correspondió conducir el timón de una revolución a medio andar, pero en un instante de debilidad o porque ya no le quedó otro camino, renunció a su misión y se refugió en la Embajada de México.

El pueblo encendido, se apagó. Su decisión evitó un baño de sangre, pero a él lo condujo al peor de los exilios posibles, porque quedó desterrado de cualquier parte, tratado de cobarde por los suyos, humillado en Guatemala y en lugares tan sorprendentes como nuestro consulado en Brasil, avergonzado en público en Cuba, soportando la vigilancia en París o los insultos de los obreros de Uruguay, que manifestaron para que fuera expulsado de su territorio. La coyuntura lo arrastró a un peregrinaje ingrato por medio planeta, imposibilitado a encontrar reposo en parte alguna.

Leyendo las memorias de María Vilanova, publicadas por la Usac, uno siente el dolor del político a quien no se le perdonó la salida humana, porque para los ungidos está la exigencia del sacrificio último, tal y como lo demostró Allende. Si Cristo se hubiera bajado de la cruz, su imagen no hubiera brillado por más de 2000 años.

Aquella decisión dominical de Arbenz lo persiguió toda la vida, y quizá explotó con toda su crudeza cuando la hija adorada, rebelde y artista, se mató frente al marido torero luego de una faena vergonzosa, porque ella no podía tolerar vivir junto al miedo.

El tono de la obra es parcial, lógicamente, y defensivo, lleno de silencios y de partes sin desarrollar, dirigido a aclarar y desmentir las calumnias que la pareja arrastró como una cola. Excusa a Arbenz y se limpia ella de culpa, clamando por la honra que se le sustrajo a la familia y les hundió en la tragedia. A lo largo del pequeño volumen, María evoca su vida errante al lado de un marido imposibilitado a trabajar, mientras ella vendía sus bienes en El Salvador para poder sobrevivir.

La muerte le llegó a Jacobo Arbenz a solas, metido en una bañera con el agua hirviendo. María cree que se desmayó y pereció ahogado. Ella estaba lejos, viajando. Le avisaron los vecinos por teléfono.

Las memorias de María Vilanova son un documento sobre la iniquidad humana, la confirmación de aquel refrán popular que reza “el que se mete a redentor, muere crucificado”.

Tomado de www.elperiodico.com.gt


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