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Domingos en el Centro
Por Méndez Vides - Guatemala, 2 de diciembre de 2004
mendezvides@itelgua.com

La tradición de acudir al Centro a caminar, a pasearse por la plaza que llamamos parque, a vitrinear o simplemente a mirar gente, es ya un asunto arqueológico, según los más afortunados, pero continúa siendo la costumbre del resto: los domingos, la plaza se llena hasta retumbar porque ahora somos muchos más.

La fotografía a mediodía, desde cualquier esquina, capta el bulto amorfo de inmigrantes que dejaron el campo atraídos por el espejismo de las minas de oro del progreso, o que fueron expulsados de sus pueblos por la ausencia de oportunidad o por la cuchillada de la guerra. En los ojos de los transeúntes se siente el peligro y se percibe la rabia social contenida. Los chacales andan al acecho de incautos, atentos al paso de las jóvenes mujeres que llevan toda su fortuna con ellas, dispuestas a gastarla de sopetón. El Palacio Nacional es una tumba vigilante pintada de verde, tal cual el traje de los militares de la peor época. Del otro lado se encuentra el Portal del Comercio, bullicioso motivo literario con sus canastos y su pléyade de rateros. La Catedral se llena del ruido de las penas de los fieles que acuden a realizar actos de brujería frente a las imágenes de los santos o que claman por salir del pozo del que nunca se sale. Los muchachos se reúnen en pequeños grupos, con el pelo hirsuto y brillante, exhibiendo los elegantes tatuajes grabados en el cuello y brazos, como insignias de caza que impresionan a las jóvenes mujeres envueltas en pundonorosos cortes largos que vienen del pasado, uniforme clasificador impuesto por los encomenderos, marca de esclavitud o propiedad, expresión anticuada de vestir como lo es también el hábito medieval de algunas monjas que se niegan a incorporarse al tiempo moderno. Lo que se contempla es a la mayoría de guatemaltecos, a una población desheredada que no encuentra otra diversión posible, congregados en el centro de algo impreciso que es su ciudad.

La plaza del Centro en domingo es la palpable demostración de nuestra deuda social. El gobierno debería de crear un escenario diferente, brindar descanso y placer a los habitantes que se congregan en dicho sector histórico, dar opciones de distracción, diferentes a la de magos y merolicos proletarios, y evitar el patético espectáculo de las antorchas humanas.

Proporcionar música que refine los sentidos y sustituya el ruido acelerado de las ventas de licores, con su sabor a cantina de mala muerte. No tienen que atraer a nadie, porque la gente ya está allí. Bastaría con crear un aparato que reivindique a quienes trabajan toda la semana en medio de condiciones infames. Emplear los recursos de la nación en la misma gente, en lugar de seguir aumentando los salarios de tanto diputado inútil, a quienes no les basta con lo que ganan y viven como zánganos de la gente que se pasea los domingos por el parque.

Tomado de www.elperiodico.com.gt


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