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Arde El Gallito
Por Méndez Vides - Guatemala, 6 de enero de 2005
mendezvides@itelgua.com

Se habla de que adentro hay gente armada hasta los dientes.

Cuentan que la tragedia de El Gallito principió cuando un tal Leonel Marroquín se cansó del oficio de coyote, y en lugar de traficar con los trabajadores que van a Estados Unidos optó por los estupefacientes. El negocio de las drogas es prohibido pero muy rentable, y mientras exista quienes compren también habrá vendedores, lo cual está escrito con letras de oro en la biblia del “libre mercado”. El barrio El Gallito queda entre el Centro y el Cementerio General, con la ventaja física de simular una fortaleza de pocos ingresos y calles que se extienden como culebras por los barrancos de un territorio libre, densamente habitado. El tráfico ilícito en dicho barrio pronto se puso de moda. Allí acudían los consumidores en autos finos o rascuaches, a comprar su dosis de excitación. El negocio prosperó y atrajo a la competencia, creando en el lugar un caldo fértil para los hampones y la ilegalidad, los sicarios y la muerte. Un día de esos apareció el cadáver del precursor entre los matorrales, lejos del barrio donde reinaba. El negocio siguió en manos de los Mariocos, una familia que ya prácticamente desapareció tras el asesinato de sus integrantes, pero que fue legendaria.

Al principio, los habitantes del barrio no se inmutaron. Conocían a los tipos que se la pasaban parados en las esquinas, y hasta los saludaban. Existía el respeto. Las bandas de jóvenes desocupados y sin empleo se fraccionaron tras el descabezamiento de sus líderes, y se sumaron los poderes ocultos de desconocidos que llegaron al barrio. Ahora ya no es lo mismo. Tres bandas sobresalen: la de Las Calaveras, la de la colonia Trinidad y La Isla. Todos peleándose el mismo pastel. Se matan entre ellos e incineran los cuerpos en el patio de sus casas. Los habitantes que alquilaban se han ido marchando, los que pudieron vender a tiempo se deshicieron de sus bienes, pero los que permanecieron viven la peor pesadilla. No pueden transitar de noche, están obligados a utilizar la misma calle y la misma salida, no invitan a sus amigos ni familiares, y presencian cómo se roba y liquida a vendedores de pizza, taxistas, pilotos de autobuses y a sus ayudantes, sin poder decir nada.

En los días previos a la Navidad, se corrió la voz de que una guerra estaba a punto de explotar entre las bandas, para decidir quién va a gobernar El Gallito. Las bandas repartieron volantes advirtiendo a los vecinos para que no salieran de noche a la calle. Un despliegue policial cerró las salidas y un helicóptero estuvo sobrevolando los techos de las casas. Los maleantes no temen a la Policía. Se habla de que adentro hay gente armada hasta los dientes. Los que han dejado de llegar son los compradores, y ello ha puesto nerviosos a los hampones, quienes aparentemente se mantienen inquietos y estresados. Si la Policía se retira de las entradas del Gallito, los compradores entrarán nuevamente y tarde o temprano estallará la guerra.

Tomado de www.elperiodico.com.gt


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