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Nuestra biblioteca
Por Méndez Vides - Guatemala, 7 de junio de 2005
mendezvides@itelgua.com

Tito Monterroso trabajó de contable en una carnicería en los tiempos de Ubico, y al salir del empleo se dirigía oficioso a la Biblioteca Nacional, donde debía conformarse con la lectura de los autores clásicos, porque allí las novedades brillaban por su ausencia. Gran fortuna para él, porque aprendió a escribir como los autores que trascienden y que no se dejan atrapar por los cantos de las sirenas de la trivialidad y el falso éxito. Así se formó el escritor que luego nos llenó de gloria, autor de pequeñas obras de extraordinario contenido. Él fue uno de los muchos que se beneficiaron con esa biblioteca empolvada, raída y todavía llena de libros buenos, que se alza como un temible mausoleo frente al Parque Centenario.

Nuestra Biblioteca Nacional fue dirigida en sus tiempos felices por grandes figuras de nuestras letras, como fue el caso de Rafael Arévalo Martínez de 1927 a 1945. En dicho espacio físico se vieron, conocieron, platicaron e idearon sus obras casi todos nuestros autores relevantes del siglo XX. Pero hoy en día es una institución olvidada, que da lástima a pesar del considerable donativo realizado recientemente por Suecia, que ni se ha utilizado y que probablemente se tenga que devolver por falta de aplicación dentro del plazo convenido.

La preocupación de los dirigentes de la Biblioteca Nacional no parece enfocada a la modernización, ni a la compra de más libros, computadoras, scaners o similares, ni a la organización de eventos públicos con el afán de resucitar al muerto, sino el gran problema que ocupa su agenda es el asunto de los baños. ¿Cómo va a poder pasarse una persona leyendo en las salas inmensas y no sentir deseo de un rápido tránsito por los sanitarios? Pues aunque parezca de locos, no hay. La gente se habrá visto en grandes aprietos, implorando por una llave salvadora o corriendo a la infamia de la calle. Pero ahora parece que por fin la famosa institución ya cuenta con el mínimo de higiene, aunque aún no se decidan a dar acceso al público. Se obtuvo el oro para arreglar el baño, pero no hay un fondo para su mantenimiento. ¡Qué preocupaciones más pobres y desdichadas las de este Gobierno cuando se trata de cultura!

Lo último que he sabido es que nuestra insigne Biblioteca seguirá sin renovarse, y que a los baños sólo se permitirá el ingreso de mujeres y niños. A los genios masculinos que se los lleve la tiznada. ¡Mi reino por un baño!, gritará algún dramaturgo desconsolado. Tito Monterroso, siendo joven en nuestros días, hubiera descubierto que para leer ya no basta ser genio, ahora es requisito ser ángel, santo o moribundo por inanición.

Un país sin una biblioteca digna, no alcanza la categoría de país. Es una provincia de nada, una vil colonia o una metáfora del desamparo.

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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