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“Los desencontrados”
Por Méndez Vides - Guatemala, 14 de junio de 2005
mendezvides@itelgua.com

Quizá la novela menos afortunada de Mario Monteforte Toledo fue Los desencontrados, aunque el título sea formidable y la obra haya sido publicada por la editorial mexicana Joaquín Mortiz en sus tiempos de gloria.

Quizá la novela menos afortunada de Mario Monteforte Toledo fue Los desencontrados, aunque el título sea formidable y la obra haya sido publicada por la editorial mexicana Joaquín Mortiz en sus tiempos de gloria. La novela apareció en julio de 1976, cuando los guatemaltecos vivíamos nuestros años abismales, asolados por la represión y la crueldad, y no circuló mucho allá ni aquí.

Después de tantos años de vivir en el país vecino, nuestro novelista decidió escribir una novela mexicana, en la cual aplicó su temática tradicional (dialéctica, decía él) para presentar al desnudo las relaciones sentimentales imposibles de preservar entre personas de diferente origen. Ya no tenía, como en sus novelas anteriores, el auxilio de la experiencia fecunda de la infancia y juventud, ni la referencia del amor idealizado con una mujer indígena, que fue su banquete de civilización y barbarie. En Donde acaban los caminos acuñó la frase: “Aparte son los blancos, aparte son los naturales…” En Los desencontrados la relación imposible se sucede entre un mestizo mexicano educado para dominar a la esposa, con licencia para acudir a los prostíbulos en plan de negocios, y una mujer blanca de los Estados Unidos, independiente y puritana. Es su misma novela de siempre pero con los papeles cambiados y el escenario distinto, donde fluye el espíritu pasivo de la vida desencantada en medio de la rutina familiar, en los años de los hippies, Vietnam y las drogas. En lugar de soñar, el discurso de la novela sabe a depresión, y la estructura de la obra es la más enredada, quizá por cansancio o porque se tomó la libertad de la experimentación tan en boga en dichos años.

La novela fue bienvenida por José Revueltas, el escritor mexicano que fue su gran amigo y motivo de inspiración para su ambiciosa Una manera de morir. Los comentarios fueron escasos. El libro debió guardarse en cajas en alguna bodega, hasta que hace poco resucitaron los paquetes directo hacia las librerías de libros usados en México, ese instrumento de incineración de los países pobres. Como no tiene sentido quemar los libros, las editoriales regalan o venden por nada el fondo que hace espacio en sus bodegas. Al entrar a una de estas librerías me topé con un bulto fresco y nítido, con los ejemplares dispuestos como para un lanzamiento. Compré uno por nada, y lo leí de un tirón. No le puse atención al tema, ni a las aparentes incongruencias, sino disfruté la prosa amena de siempre del gran escritor nuestro, y me adentré en su pensamiento, en su aversión a los excesos sentimentales, a la rabia de niños que dejan mocos por todas partes, a su alma confusa de “cartero nuevo que siempre parece ir a donde no va”.

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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