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Burros hoy, desempleados mañana
Por Méndez Vides - Guatemala, 7 de julio de 2005
mendezvides@itelgua.com

Para evitar la catástrofe hay que educar ya, a todos.

Nuestro anquilosado e ineficaz aparato de educación nacional se encargó de formar en las últimas décadas a una multitud de técnicos mal capacitados, que no pueden trabajar eficientemente, que apenas sacan la tarea según pueden, imposibilitados a elevar la productividad de la nación. Son toda una generación ocupando los empleos y compartiendo con sus colegas el mismo bajo nivel de comprensión del universo. Se graduaron del nivel medio sin saber leer, porque no comprenden lo que leen, ni entienden las matemáticas básicas, mucho menos la física o la filosofía. Además, nutrieron su sensibilidad en el drama de las telenovelas del fracaso y en los programas chatarra enfocados al escándalo y el chisme. Es en las manos de esta especie medio primitiva y medio actualizada que está puesto el destino de nuestra nación.

Los ejemplos se encuentran por todas partes. El pasado domingo ingresé a uno de los hospitales “afamados” del país, me puse la bata y seguí a la enfermera en la recolección de mis signos vitales. En esos momentos uno agradece todo, pero cómo no reírme si luego de cada medida la “seño” tomaba el lapicero y anotaba en la palma de su mano el dato. Otro joven llegó con un pedazo de papel arrancado de algún cuaderno para apuntar el oxígeno en la sangre y la presión arterial. La señorita requirió de un banquito plástico para encaramarse, guardando el equilibrio, para medirme la estatura mientras conversaba con otra enfermera, preocupada porque ya tenía “que ir a darle chiche a su bebé”, dijo. Luego de un rato se reunieron los técnicos alrededor de una lámpara y llenaron el formulario como quien canta lotería, leían cada línea e iban aportando los datos según los tuvieran. Se veían tan solemnes, como científicos librando una ruda tarea.

Días antes acudí a un aserradero a comprar 140 pies de madera. El joven encargado de los cálculos me preguntó de qué tamaño prefería las piezas, había de siete, ocho, diez y doce pies. Le dije que me daba igual. El calculista empezó a sufrir. Decidió, para simplificarse la vida, que serían de diez. Asentí. Calculaba y calculaba sin encontrar la respuesta. Ignorando la existencia de la simple división, procedió multiplicando los diez pies por ocho, por nueve, por diez, por once hasta que llegó a catorce y jubiloso encontró la respuesta. Me contó que él era la tercera generación en manejar el negocio familiar, a mí me pareció que con sus matemáticas sería la última.

Si el actual Ministerio de Educación cumple su función, pronto tendremos a una nueva generación de técnicos mejor preparados que desplazarán volando a los burros de hoy, y entonces sobrevendrá un nuevo problema, el caótico desempleo de mucha gente todavía en edad de producir pero desplazados por los jóvenes mejor educados. Para evitar la catástrofe hay que educar ya, a todos.

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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