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“La pianista”
Por Méndez Vides - Guatemala, 23 de agosto de 2005
mendezvides@itelgua.com

El premio Nobel de Literatura se concedió el año pasado a la escritora austriaca Elfriede Jelinek.

El premio Nobel de Literatura se concedió el año pasado a la escritora austriaca Elfriede Jelinek. La Academia sueca volvió a acertar, porque la autora es tan genial como el sudafricano Coetzee o el húngaro Kertész. Autores que van más allá de la diversión y distracción, de los que nos golpean la humanidad en lo más profundo.

En días pasados le metí el diente a su novela La pianista. ¡Qué descubrimiento más rico! Difícil, como toda literatura que no se conforma con la anécdota sino plasma en cada línea la profunda impresión de su tiempo, pero delicioso. Asombra observar cómo a pesar de la globalización, del cable e internet, la experiencia de la realidad es tan diferente entre unos pueblos y otros. La limpieza, civilización y ensueño austriacos se percibe tan anodino, tan rutinario, tan al borde del suicidio, que los personajes se inventan el horror, o lo repiten como un eco del pasado, como una necesidad perturbadora de la condición humana.

La novela trata de una estación en el infierno de una maestra de piano, Erika Kohut, que no triunfó como solista en medio tan peleado y debió conformarse con la enseñanza. A los 30 y tantos años sigue viviendo con la madre en un pequeño apartamento, compartiendo el lecho porque dos camas son demasiado, comprando vestidos y medias como lujos vedados, para esconderlos en el cajón, sintiendo que ella: “Es un cúmulo gris de deseos nimios y ansiedades mediocres que temen su materialización”. Ve a la madre y piensa que se está secando como su progenitora, que la mitad de la vida ya se le fue y que ahora arranca la decadencia. Eso fue todo en la vida, y no le basta, sintiendo que la edad es su defecto. Urgida del amor acude a las sex-shops, donde hace fila junto a los hombres deprimidos para presenciar a mujeres que se exhiben desnudas dentro de una jaula, a través de ventanas que se abren con monedas. O va al parque a presenciar de lejos los conciliábulos sexuales de parejas desconocidas. Va por la calle vestida discreta y avejentada. Hasta que la saca de sus cabales un joven alumno, Klemmer, quien la persigue deslumbrado por su habilidad en el piano. Pero Erika lo recibe con aficiones masoquistas, pidiéndole que la amarre y la golpee, que le haga daño, que la maltrate. Se arrodilla, suplica, agradece los golpes. Escondida en el baño se pincha la piel con alfileres, para sentir el dolor y que su cuerpo se tiña de moretones. El joven discípulo se hunde en una profunda decepción, de la que sale convertido en un energúmeno, arrebatado y violento, averiado para siempre.

La novela es deslumbrante y hermosa, como pocas. No recomendable para perezosos. Una muestra de la sensibilidad asombrosa que impera en otras latitudes.

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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