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La leyenda
Por Méndez Vides - Guatemala, 1 de septiembre de 2005
mendezvides@itelgua.com

Con Ríos Montt teníamos a nuestro propio Ayatolla tropical.

El último general chapín con vocación de dictador de otros tiempos es Efraín Ríos Montt. Se formó como cadete en los años de la Revolución, y fue entrenado por los gringos en Fort Gulick, en la archiconocida escuela antirrevolucionaria del Canal de Panamá. Se hizo popular en 1974, cuando se lanzó como candidato para Presidente: “Mi papá, mi mamá, votarán por Ríos Montt”. En sus discursos destacó el empleo del lenguaje popular y su manera tan particular de pronunciar sermones moralistas, esa pasión que aumentó luego de su conversión al fundamentalismo. El gusanito del poder volvió a reanimarse tras el golpe militar del 82. Su mandato fue breve y las llagas grandes. Nada de faldas cortas ni pintura de labios, pidió a las empleadas de la burocracia, y alzando los dedos de la mano disparaba su enseñanza: No robo, no miento y no abuso, mientras organizaba a los PAC y montaba el operativo represor más duro de nuestra historia. Los juicios de fuero especial aceleraron la aplicación de la pena máxima, en un circo que el pueblo festejó cuando fusilaron, por ejemplo, a la banda de violadores de la zona 2, o cuando mostró su carácter frente al Papa en su primera visita histórica a nuestra tierra, negándose a perdonar a los malhechores que enfrentaron esa madrugada el paredón. La masa estaba ajena a la represión en las montañas, a los pueblos arrasados, y lo único que reverenciaban en su dirigente era la postura de dictador mesiánico, un general que no se tentaba el alma para castigar. Teníamos a nuestro propio Ayatolla tropical. La iglesia del Verbo progresó circunstancialmente.

En 1990 lo entrevisté en su casa y lo escuché hablar por más de una hora, haciendo ademanes y de pie. Hablaba como iluminado, despidiendo ese carisma con el cual se ganó a una buena parte de la población. A mí me sorprendió por esa manera tan segura de hablar, porque creía que debía regresar a la Presidencia para completar su misión de servir. Las estadísticas lo perfilaban como el virtual ganador de ser admitido como candidato. Los cortesanos a su alrededor lo adulaban sin misericordia, todos con piel de oveja y despidiendo veneno, aliados al sistema que le impediría participar. Llegó finalmente al poder con Portillo, y así se derrumbó el paradigma de su moralidad, porque los suyos robaron más que Alí Babá, mintieron y abusaron bajo su sombra protectora, y porque no logró detener la violencia común sino desencadenó el horror que no agobia en la actualidad con su efecto retardado. ¿Qué pensará ahora el susodicho?, cuando lo único que queda de su memoria es el rastro de la muerte, las promesas incumplidas, el país por cárcel y las pedradas.

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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