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Fama, fútbol y sexo
Por Méndez Vides - Guatemala, 29 de septiembre de 2005
mendezvides@itelgua.com

Sanabria goza de su fama, por su ingenio para librarse de la justicia.

El futbolista Sanabria está gozando de sus “15 minutos de fama”, no tanto por su participación en la Selección mejor apoyada de nuestra historia y la que más nos ha decepcionado, sino por su éxito con las niñas y su ingenio para librarse de la justicia. Las turbas que lo apoyaron en Poptún, que insultan y siguen tratando de ramera a la niña víctima de un hombre mayor de edad, están demostrando que en Guatemala sí hay voluntad para solidarizarse y hacer demostraciones públicas, pero no en defensa de los débiles sino en su contra, porque ¿qué sería de nosotros si de repente todas las arañas que tejen sus redes tramposas para atraer a los hombres se rebelaran? Porque para muchos el culpable de la relación tantas veces expuesta y discutida, fue la niña de 11 años, porque un futbolista famoso en su pueblo no puede resistirse cuando se alzan las hormonas, porque eso de la materia gris es un invento, más cuando la cabeza que la contiene se dedica al arte de azotar balones tan duros como la piedra.

En Chapinlandia sigue siendo derecho del macho o del poderoso poseer a “sus” hembras, es decir, esposas o fieras que habitan en sus dominios, a quienes se están agregando últimamente los efebos pordioseros. Las culpables de la seducción son siempre las mujeres. A los hombres se los felicita por las andadas, y a las mujeres se las señala y vindica por su debilidad, no importando la edad.

En el pasado existió en las fincas el “derecho de pernada”, un mito o realidad ejercido por los patrones para desflorar a las niñas antes de que desposaran al galán del área. El nuevo esposo debía entender que primero era el patrón. Un derecho despreciable creado para humillar y sojuzgar, avalado por un sistema de justicia que no impedía tales licencias sino las alentaba con su silencio.

En tiempos anteriores al conflicto armado, época brutal que animó y despertó la conciencia de los campesinos, los jóvenes ladinos que trabajaban de vendedores en las empresas, recorriendo todo el país en sus camionetas rotuladas con los nombres de los productos que vendían de tienda en tienda, acostumbraban distraerse en lo que llamaban “jugar al trompo”, violando a las jóvenes indígenas que lavaban ropa en el río. Bajaban del auto en parejas y perseguían a las mujeres en medio de la desbandada, y a quien atrapaban la hacían víctima de sus hormonas, sin cargo de culpa.

El caso de Sanabria vuelve a demostrar que la justicia se calla cuando la víctima es una mujer, porque al desistir de la demanda por “despecho”, sólo demuestra la impunidad de la que gozan los “conocidos”, porque su silencio implica la indignidad de la venta de la honra (callar por dinero) o el vencimiento horroroso ante la agresión de los aficionados, los insultos y los escupitajos frente a su casa, hecho muy comprensible y vergonzoso para toda la sociedad.

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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