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Años de indulgencia
Por Méndez Vides - Guatemala, 8 de noviembre de 2005
mendezvides@itelgua.com

Tras el éxito alcanzado con La virgen de los sicarios, Fernando Vallejo se ha convertido en un autor muy leído, tanto por sus novelas como por los ensayos curiosos sobre la física matemática...

Tras el éxito alcanzado con La virgen de los sicarios, Fernando Vallejo se ha convertido en un autor muy leído, tanto por sus novelas como por los ensayos curiosos sobre la física matemática, la gramática y todo cuanto se le ocurra como tema para discurrir. Los lectores apreciamos su manera desenfadada de ver las cosas, de insultar a medio mundo, de no dejar cabeza parada, y porque hecha sapos y culebras con humor, porque es un mago en asuntos de ironía y escribe de manera muy amena. La verdad es que uno se ríe hasta en los momentos más crueles de la ficción.

Vallejo escribió varias obras antes de definir ese estilo que lo ha hecho tan popular, y cinco de ellas se publicaron en un volumen que sonaba a mucho Vallejo para el mismo rato, pero ahora están apareciendo bajo el sello de Alfaguara en forma separada, como es el caso de Años de indulgencia. Esta pequeña novela es claramente una pieza de búsqueda, medio barroca y aburridona al principio, hasta que por la página 80 brota el narrador auténtico, divertido y feliz que goza contando la historia maravillosa del cine en Colombia. Porque el libro narra con tono autobiográfico la vida del autor en sus años de juventud, cuando viajó a Nueva York para convertirse en cineasta y resultó viviendo con su hermano en el sótano de un edificio, dedicado a la tarea del mantenimiento.

Su sueño era filmar una película donde quedara retratada Colombia con todos sus vicios, lo que no logró en el cine pero sí en la literatura. En esta obra narra su pesadumbre por no haber alcanzado lo que quería, y su memoria lo conduce a su país natal, que recuerda virulento, y entonces despotrica en contra de la Iglesia (le fascina la imagen del Papa), los políticos, la familia (nadie ha elaborado páginas tan crueles en contra de su madre) y la sociedad heterosexual en general. La historia de los cineastas colombianos, quijotes de primera como muchos que abundan en nuestro suelo, está llena de anécdotas divertidas y terribles por todo lo que implican. Tantos sueños insatisfechos y tantas vidas echadas a perder por la locura de filmar una película. Los ahorros que se esfuman, los negocios que se van a pique, el chapuceo de la pobreza, la gana de querer hacerlo todo en casa, sin ayuda de nadie, arriesgando a quemar los negativos y echar por la borda lo realizado. Películas que se filman sin argumento, sin recursos, con la ayuda de modelos espontáneos participando en una ocasión feliz, de donde nunca sale nada bueno. La conclusión que se elabora en el texto huele a moraleja: la grandeza del hombre sólo se puede medir por su capacidad de desastre. El éxito sabe a miel empalagosa: el fracaso a limón con sal.

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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