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Premio Nacional de Literatura
Por Méndez Vides - Guatemala, 16 de noviembre de 2005
mendezvides@itelgua.com

Que un escritor sea honrado con el Premio Nacional de Literatura no parece significar mucho para los chapines sacudidos por la violencia natural y humana...

Que un escritor sea honrado con el Premio Nacional de Literatura no parece significar mucho para los chapines sacudidos por la violencia natural y humana, gente que se la pasa haciéndose los quites e idolatrando a futbolistas que han hecho sonrojar de vergüenza a toda la nación, pero sí es importante para el homenajeado, sus amigos y familiares, porque implica el reconocimiento de la patria por una labor digna y gratificante, aunque anónima. Pero aquí nunca se queda bien con nadie. Cada año se escuchan remilgos de algún sector, porque se quedó atrás tal o cual aspirante, porque no falta quien esté en desacuerdo con la elección, o el caprichoso resulta ser el autor con sus desplantes, que no acepta el premio porque no le hace falta la platita, o se guarda el cobre pero renuncia a los honores. A unos les cuesta rendir homenaje, y a otros dar las gracias. ¿Cuándo nos pondremos todos de acuerdo?
Al Gobierno, esto del tal premiecito le provoca terror, y cumplen pero se las ingenian para buscar excusas y eliminar el protocolo. Un Premio Nacional de Literatura debe ser entregado por el Presidente de la República, junto a su Ministro de Cultura, y en un espacio nacional que dé solemnidad al acto. ¿Cómo sería la entrega del Premio Cervantes en España sin la presencia de la monarquía y los políticos? Pero aquí, por poco y lo entrega el chiclero de la esquina.

He leído con sorpresa las columnas de colegas señalando a Carlos Navarrete, el actual premiado, como un ganador de dudoso merecimiento por tener el vicio obsceno de ser antropólogo. Tal argumento es injusto en un país donde los escritores se fajan en múltiples actividades profesionales para sobrevivir. Si el argumento fuera válido, también aplicaría a Mario Monteforte Toledo, cuyas novelas se cuentan con los dedos, y publicó diez veces más libros de sociología. Hay otros que dedicaron su vida a la docencia, y eso tampoco es función de los creadores. El premio lleva el nombre de nuestro máximo narrador, Miguel Ángel Asturias, a quien se lo hubieran negado por el tiempo que empeñó en el estudio de las leyes y la diplomacia.

A un autor lo hace su obra, y los libros no se cuentan por kilos. Los arrieros del agua es una novela singular financiada por México y respaldada por autores de la talla de Juan Rulfo (quien sólo escribió dos libros escuálidos, aunque geniales, y dedicó pocos años a la escritura), lo cual era una deuda patria con nuestro escritor desterrado.
Pues no, señor, creo que cualquier autor que reciba el Premio lo recibe en nombre de los demás, y debe ser motivo de alegría, porque siempre habrá en fila otros que valgan más o menos, según los juicios erráticos de la gente, pero lo importante es que la patria practique la costumbre de reconocer a sus intelectuales y que ellos aprendan a dar las gracias.

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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