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La deuda social
Por Adolfo Méndez Vides - Guatemala, 11 de enero de 2007
mendezvides@itelgua.com

Eso es parte de la deuda social que a nosotros nos corresponde pagar.

El pago de la “deuda social” fue acuñado en nuestro país por Vinicio Cerezo, nuestro primer presidente democrático después de la dictadura. Él entendía bien el concepto, los guatemaltecos estábamos claros de la necesidad luego de un enfrentamiento armado que nos había dejado desgastados, y la DC arrasó en las urnas. No podemos tener libertad y vivir en armonía mientras no saldemos la deuda social, proclamaba el mandatario, y aspiraba a que todo guatemalteco tuviera derechos y posibilidades. ¿Porque cómo van a tener la misma oportunidad niños que cargan leña desde los diez años y otros que van a la escuela, entusiastas o bostezando, a prepararse para el nuevo milenio? La deuda social implica que habitamos el mismo país pero en eras diferentes. Unos están en la edad de las computadoras y otros en la de piedra. A Cerezo se le dio poder pero terminó incubando la corrupción. El principio fue desviar el robo millonario, trasladar la pérdida que se concentraba en unas pocas manos corruptas hacia muchas, para que la plata se quedara en el país y generara progreso, pero lo que se logró fue el envilecimiento de la sociedad.

La deuda social sigue pendiente, y se manifiesta como violencia inhumana que sorprende y asquea. El clamor popular es castigo, hay columnistas a los que les saltan los ojos pidiendo sangre, padres de familia que reclaman a gritos que se castigue a los villanos, que se los fusile o cuelgue en la plaza pública, argumentando que el árbol torcido ya no se endereza. Así como hay cristianos que se oponen al aborto de manera fanática, pero piden sin contemplación la pena de muerte para los arrabaleros que cometen crímenes. La contradicción es enorme, porque se pide paz para unos y guerra para otros, cuando somos los mismos, la misma familia dividida, cuyos integrantes no se reconocen.

Los nostálgicos recuerdan los tiempos de Ubico, el gobernante que cuidaba el país como una finca, cuando éramos pocos y la tierra mucha, a quien los indígenas llamaban Tata y le besaban las manos como a obispo de antaño. Pero ese gobernante instituyó la ley de la vagancia que obligaba a trabajar gratis a los indígenas en las fincas del Gobierno o en las de sus cuates. Acabó con la vagancia recreando la esclavitud, y eso es parte de la deuda social que a nosotros nos corresponde pagar.

No podemos pedir sangre a diestra y siniestra, porque entonces nos convertimos en parecidos a los que nos asolan, nos roban, nos matan, nos violan en cada rincón del país. Los guatemaltecos somos pacíficos, y a muchos nos educaron en contra de las armas. Recuerdo el consejo que me inculcaron de niño, en sentencia que viene en la familia por generaciones, que en un caso extremo prefiramos ser la víctima al asesino. Ni siquiera queda lugar para la defensa propia. Una vez un amigo me forzó a que pulseara su escuadra, un arma helada como la muerte, y sentí que el metal me contaba tales historias de provocación y horror que la solté de inmediato. Que los que tengan armas las metan en las cartucheras o las disfruten, porque el día llegará cuando la sociedad se cobre la deuda y se las arrebate.

Fuente: www.elperiodico.com


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