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Muertos por equivocación
Por Adolfo Méndez Vides - Guatemala, 22 de marzo de 2007
mendezvides@itelgua.com

Una bala atravesó el cuerpo blando de aquel niño flaco.

Aún recuerdo el apellido y la cara del niño que no llegó a clases un día miércoles, en nuestros primeros años de educación primaria. Todos sabíamos que andaba en la ciudad capital con su madre, lo que envidiábamos por el bullicio que él estaría disfrutando encantado mientras nosotros nos aburríamos haciendo prácticas de caligrafía en cuadernos coloniales, en un salón inmenso junto a la iglesia de La Merced, en La Antigua. Lo que más nos extrañó fue encontrar a la mañana siguiente, vacío su pupitre. El profesor aclaró la voz y profundamente emocionado nos reveló la desgracia.Nos relató con detalle su llegada al centro, la manera cómo la madre lo arrastraba por la 7a. avenida, porque él se prendía a las vitrinas; y cuando pasaban frente al entonces moderno edificio de Guatel resultaron en medio de un enfrentamiento, y una bala atravesó el cuerpo blando de aquel niño flaco y tímido, que hizo siempre sus tareas y sacaba cien en los exámenes. La impresión fue tan profunda que se interrumpieron las clases y volvimos caminando a nuestros hogares, con un nudo en la garganta que aún siento atorado.

En la Universidad, los hechos me templaron. Eran los años más crueles de la represión, los tiempos de Lucas García, cuando caían estudiantes y profesores, unos porque simpatizaban o participaban con la insurgencia, y otros por equivocación. Al hermano de un buen amigo lo secuestraron de manera brutal y lo tuvieron más de una semana en una cárcel clandestina, expuesto a todo tipo de torturas y sufrimiento. Los buenos contactos lo salvaron o los torturadores se arrepintieron al verlo tan ingenuo y pacífico, llorando todo el tiempo, débil e ignorante ante lo imputado. Lo tiraron en una zanja por el camino de Barillas, amarrado y con los ojos vendados, y allí estuvo varias horas hasta que lo encontró un transeúnte que, por casualidad, se asomó al agujero. Sus captores le advirtieron que le perdonaban la vida con la condición de que se marchara del país, y el pobre padre lo tuvo paseando por años en el extranjero, porque el muchacho ya no podía estudiar ni le interesaban las cosas. Regresó más tarde, y ahora es un tipo amable y gentil, pero a veces se queda con la mirada trabada, como recordando lo que vivió y sufrió por equivocación.

Vino la paz y mejoró la perspectiva de vida, pero la gracia se esfumó cuando se manifestaron nuevamente las células de limpieza social, de tipos que se creen jueces absolutos. Se confiere el poder de matar a unos y se malean. El caso del crimen de los diputados salvadoreños quiere explicarse ahora como otra “equivocación”, como si matar a los indicados hubiera sido normal.

Nuestras autoridades tienen la culpa de que mueran niños o diputados extranjeros por error, porque permiten que los asesinos anden sueltos, y a los peores se les concede licencia para cometer atrocidades.

Fuente: www.elperiodico.com


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