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La aventura de vivir
Por Adolfo Méndez Vides - Guatemala, 18 de mayo de 2007
mendezvides@itelgua.com

La historia de Domingo, la historia del país.

Domingo es un sujeto bajito, de apariencia débil pero con fuerza para cargar bultos en la espalda del tamaño del planeta. Tiene nueve hijos y un par de terrenos en los cerros de San Juan. Una vez me contó que su primera gran frustración fue cuando al terminar el sexto primaria su padre lo retiró de la escuela e incorporó al trabajo, porque él aprendía rápido y quería saber más, y la segunda vez fue cuando su primogénito desertó de la secundaria para convertirse en ayudante de albañil. Él quiso darle la oportunidad y el muchacho no la aprovechó. Con el tiempo la pobreza lo fue ahorcando hasta que se animó a emprender la aventura del Norte. Un coyote le prometió el paraíso a cambio de Q34 mil, lo que Domingo respaldó con la hipoteca de su patrimonio agrícola, firmó y se aprendió de memoria las instrucciones, porque no podía llevar papel alguno, ni números de teléfono para no exponer a nadie ni facilitar la extorsión. Partió con medio centenar de campesinos por las venas de asfalto de México, tomando buses en estaciones y direcciones memorizadas. En Monterrey permaneció 15 días escondido en un hotel, aguardando el momento propicio para atravesar la frontera más vigilada de la Tierra. Su familia vive mientras tanto de la venta de los animales de corral que les van quedando, pacientes y orando por aquel a quien saben que van a perder a cambio de las añoradas remesas. Una noche cruzó el río, y al apenas pisar Texas se apareció la Migra provocando la estampida. Hubo quienes se lanzaron al río, lo que distrajo a sus captores preocupados por evitar que los desesperados se ahogaran. El coyote fue el primero en desvanecerse.

Solo agarraron a tres, y el resto de chapines se dispersaron por los cerros, sin comida ni ropa adecuada para soportar el clima de febrero. Domingo recuerda que temblaba como borracho con terrible goma. Aguantó una semana escondido, contemplando el desierto que lo separaba del sueño, pero no sabía por dónde avanzar ni qué hacer. Para no morir de inanición, se entregó con la cabeza gacha de los vencidos. Ocho días más tarde regresó a Guatemala deportado, en avión, cojeando debido a un golpe que sufrió durante la fuga.

El coyote le brindó la oportunidad de un segundo viaje, pero él ya no tuvo coraje, así que cedió su pase a un sobrino que 19 días más tarde llamó para contar que estaba en Nueva York, trabajando de albañil y extrañando las tortillas. Domingo se sumergió en sus pensamientos. Semanas más tarde hipotecó el patrimonio de su mujer, y se marchó nuevamente. Ya lleva casi un mes y aún no se comunica. Nadie sabe si aún está vivo, escondido o detenido en la frontera, y los suyos imploran con las lágrimas en los ojos para que llegue a su destino. Es como Jaime Viñals escalando el Everest, pero no por deporte sino por necesidad.

Fuente: www.elperiodico.com - 170507


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