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“Las pequeñas memorias”
Por Adolfo Méndez Vides - Guatemala, 3 de julio de 2007
mendezvides@itelgua.com

José Saramago ha vuelto a sorprendernos con un libro profundamente humano y ejemplar luego de sus extraordinarias novelas, me refiero a Las pequeñas memorias...

José Saramago ha vuelto a sorprendernos con un libro profundamente humano y ejemplar luego de sus extraordinarias novelas, me refiero a Las pequeñas memorias, libro que contiene los recuerdos más íntimos de su infancia. El portugués Premio Nobel de Literatura narra con una voz pausada y rica los momentos sencillos durante su formación, creciendo en un hogar campesino y pobre.

Recuerda con gran ternura a su abuelo, a quien acompañó en una ocasión a la venta de puercos en una feria, y con quien aprendió a apreciar el firmamento estrellado tumbado a la orilla del camino, durmiendo en el duro suelo o sobre paja en los establos de fincas donde los viajeros eran bienvenidos. En la feria vendieron lo que se pudo y desandaron el camino acompañados por los puercos que nadie quiso, felices y llenos de gozo. El abuelo era un hombre flaco y alto, bueno y humilde, que “pocos días antes de su último día tendrá el presentimiento de que ha llegado el fin e irá, de árbol en árbol de su huerto, abrazando los troncos, despidiéndose de ellos, de las sombras amigas, de los frutos que no volverá a comer”.

No hay remordimiento ni rencor, solo bellos recuerdos de un hombre que alcanzó en su profesión la cima y cuando vuelve la mirada al pasado, desde la madurez, solo puede sentir satisfacción y dicha, porque se cambió de tantas casas, aprendió a compartir el cuarto de baño en edificios donde se hacinaban los inmigrantes en Lisboa, desde cuando su padre abandonó el campo para convertirse en orgulloso policía.

A ese cambio se debió que él tuviera la oportunidad de descubrir su destino en la escuelita pública donde la maestra lo ubicó por provinciano junto a los más tontos, al fondo, en una clase donde el mejor alumno ocupaba siempre la primera fila; pero tras el primer examen, Saramago fue trasladado al primer lugar, despojando de su banca a un muchacho rosado y orgulloso que quizá no le habrá perdonado nunca el destrono.

La inteligencia y sensibilidad sacó a Saramago de su condición de campesino rural y lo condujo a la galería de los genios de las letras, pero su fama no lo cambió, no se volvió petulante ni estrella, siguió siendo sencillo y fiel a las enseñanzas del abuelo. Así lo conocimos cuando Alfaguara lo trajo a Guatemala. Un hombre que escribe como otros fabrican sillas o arreglan autos, tan feliz y realizado como todo aquel que hace bien lo que le gusta y se le facilita, sin perder de vista su condición de mortal.

En esta nueva obra, revela con gran espontaneidad lo que significa el milagro de vivir, confesándose satisfecho, equivocándose y enmendando la plana a cada rato, haciendo aclaraciones como durante el ensueño. Un libro extraordinario, para leerlo despacito, oración por oración.

Fuente: www.elperiodico.com


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