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“Las fugaces horas”
Por Adolfo Méndez Vides - Guatemala, 25 de septiembre de 2007
mendezvides@itelgua.com

Las fugaces horas, libro más reciente de Roberto Díaz Castillo, es un modelo de crónica memoriosa...

Las fugaces horas, libro más reciente de Roberto Díaz Castillo, es un modelo de crónica memoriosa, con aforismos, comentario de lecturas, opinión sobre arte, música, danza y reflexión sobre el discurrir del tiempo en una vida de viajes, encuentros y desencuentros, exilio y retorno, y construcción del sueño revolucionario. Todo en el libro es armonía, y nos hace pensar porque “he viajado por muchas casas como si fueran países”, o “viendo mis manos pienso en la memoria que guarda su tacto”, o “¿cuántas horas caben en mis ya largas décadas de vida?”. A Guatemala la califica desde la memoria del exilio como un destino “celeste e infernal” y, luego, con profundo nacionalismo y de manera muy original resalta el prodigio del lago de Atitlán, irrepetible y solo posible de captar gracias a la contemplación: “Sus aguas, sus montañas, sus volcanes cambian súbitamente de tonalidades. Suaves a veces, a ratos vigorosas. Ni la fotografía, ni el cine, ni la pintura son capaces de reproducir este prodigio”.

Su escritura es minuciosa, de autor que no se desprende del hábito del lápiz con punta, tachaduras y borrones, porque tiene la paciencia de velar porque no sobre ni falte coma alguna. Pienso que Roberto Díaz Castillo es nuestro Remy de Gourmont, devoto de las ediciones, editor de revistas, escritor de apuntes, ensayos y aforismos. El intelectual francés está siendo redescubierto y valorizado tras un siglo de olvido, y a Roberto lo tenemos a la mano. En sus crónicas de la memoria nos comparte la satisfacción de haber dirigido revistas como Lanzas y Letras o Alero, tan relevantes para nuestro país. Y en el campo editorial fue invaluable su acción al frente de la Editorial Nueva Nicaragua. ¿Cuándo va a emprender Guatemala una empresa de tal envergadura?

Dos atributos se perciben de manera constante a lo largo de sus crónicas y reflexiones, la satisfacción por su uniformidad política, porque “si fui incendiario a los veinte, no soy bombero a los setenta”, y la devoción por el buen gusto, el aprecio de lo bello, el disfrute placentero de las artes.

Sus crónicas están llenas de viajes, ausencias y citas inconclusas. Nos lleva de la mano por Chile, en un retorno al exilio pero al revés, como quien vuelve a su casa y busca en El Palacio de la Moneda la presencia de Salvador Allende, reconstruyendo el día histórico de su sacrificio. Hace también un recorrido sentimental por Europa, y dedica tiempo a sus amigos artistas, a su generación, músicos y escritores, mientras nos deleita con su conversación en prosa clara y entretenida. Demos la bienvenida a Las fugaces horas, y bebamos su grato contenido sorbo a sorbo, como se lo merece la obra y su autor.

Fuente: www.elperiodico.com


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