Revista electrónica de discusión y propuesta social 
Revista · Documentos · Archivo · Blog   Año 4 - 2007

::::albedrío::::

Revista
Editorial
Artículos
Entrevistas
Noticias

linea

Redacción

linea

Enlaces

linea

SiteMap
Contacto


Otros documentos de consulta

De orden internacional
De carácter oficial
Comunicados

 

 

 

Juicio del pueblo
Por Adolfo Méndez Vides - Guatemala, 27 de septiembre de 2007
mendezvides@itelgua.com

Alguien dijo “que se peleen...”

En un poblado de Chimaltenango un concejal capturó del pelo a un secuestrador. El maleante quiso escapar saltando a un barranco, pero fue atrapado en el aire y conducido al centro por la calle principal, exponiéndolo al escarnio y humillación, lo que atrajo más personas atraídas por la venganza. Las autoridades perdieron el control y el prisionero pasó a las manos del pueblo. Los líderes improvisados azuzaron a los vecinos más rabiosos, con los ojos sanguinolentos, entusiasmados con la idea de lincharlo en la plaza principal, porque si el aparato de justicia no les cumple, ellos eliminarían la mala hierba. El concejal se quedó hasta atrás, curioso pero asustado por el calor que adoptaba la peligrosa procesión. Todos reclamando justicia, como una sola persona, encendidos. El maleante llevaba la cabeza gacha, rendido ante lo inevitable, comprendiendo que eso había sido todo, un fosforazo y su vida culminaría como antorcha del día de la Independencia. En las banquetas y puertas de las casas y panaderías se ubicaron los observadores, testigos de la barbarie, y entre ellos resplandeció el rostro chupado de un muchacho con fama de desocupado y mal hijo, que fue señalado por los verdugos como otro inútil, “ese es ladrón” gritó alguien, y en un instante el muchacho introvertido se encontró caminando maniatado junto al secuestrador, aruñado y golpeado, con la ropa de paca hecha jirones, yendo directo al patíbulo. El grupo que tomó la justicia en sus manos mandaba, mientras los policías vigilaban escondidos, cautelosos, temerosos de que la turba se volteara en su contra. De lejos se ven mejor los toros, pensaron. Un muchacho fue a traer un garrafón de gas, otro aportó los fósforos, y todos recogieron piedras como en el Antiguo Testamento, para dictar una lección ejemplar a la comunidad, porque en ese pueblo no se admite bandidos. Ya estaban listos los dos personajes para cumplir su pena, cuando uno de los líderes propuso extender el goce un rato más. “Que se peleen entre ellos, y el que gane se salva”, dijo. La masa gritó ¡hurra! La idea les pareció divina, genial. En ese rincón del mundo el aburrimiento mata a cualquiera, la feria no dura nada, y el circo se aparece un año sí y otro no. Formaron un círculo cerrado para impedirles escapar, un coliseo en la cancha cementada de San Martín, y los provocaron como a fieras. El árbitro les explicó que solo uno podría salvarse. El secuestrador era ancho de espaldas y experimentado en líos de cantina, mientras que el muchacho mal encaminado se percibía flaco, peludo, con fuerza para cargar quintales de granos o materiales de construcción, pero estaba aturdido y asustado. La desventaja se hizo notoria muy rápido, el más joven se defendió con los dientes y tragó tierra, pero al final cayó postrado, rendido en una pelea que la gente aplaudió. El ganador no ocultó el júbilo y pronto estuvo del otro lado de la barra gritando junto a los vecinos congregados “linchémoslo, linchémoslo”, hasta que el muchacho juzgado recibió su castigo.

Fuente: www.elperiodico.com


Copyright © El credito de las contribuciones es única y exclusivamente de los autores. El contenido de las contribuciones no representan necesariamente la opinión de la revista; los autores son responsables directos del mismo.