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“Donde acaban los caminos”
Por Adolfo Méndez Vides - Guatemala, 11 de noviembre de 2007
mendezvides@itelgua.com

La novela Donde acaban los caminos de Mario Monteforte Toledo se publicó originalmente en nuestro país en 1953, al final de la década revolucionaria que nos adelantó varios siglos en términos de cultura, tanto así como retrocedimos después.

La novela Donde acaban los caminos de Mario Monteforte Toledo se publicó originalmente en nuestro país en 1953, al final de la década revolucionaria que nos adelantó varios siglos en términos de cultura, tanto así como retrocedimos después. Hoy día estamos tablas. La novela de nuestro autor quedó suspendida por décadas en la memoria social y limitada a unas cuántas bibliotecas privadas.

No se difundió, sino hasta cuando regresó el novelista del exilio, dispuesto a morir en su patria. Pero era tan pleno que vivió otra vida con nosotros, y cerca ya del fin se propuso con el ardor que lo caracterizó siempre ver filmada una película con base en la novela que entraña la aventura de su propia vida. Se dedicó con toda la energía a empujar el proyecto hasta que lo logró, pero ya no pudo ver la obra editada en la pantalla grande. Yo recuerdo que llegué tarde al estreno y apenas me quedé con la imagen borrosa y emotiva de la segunda parte de la producción. Mucha neblina y montaña.

Trajes típicos nítidamente limpios. Hasta el pasado largo fin de semana, cuando me la encontré en un combo electoral de copias pirata. Nunca supe antes que la película existiera en DVD, y menos que se vendiera en las calles. Estoy convencido de que a Mario Monteforte Toledo le hubiera enternecido verse siendo víctima de la industria libre del entretenimiento, o enervado hubiera tratado de demandar a los vendedores fantasma en defensa de diminutas regalías. La compré de inmediato y esa noche la miré de un tirón, poniéndole caras y colores a las imágenes descritas en las páginas amarillentas, con más de medio siglo de haber sido impresas, donde gocé la primera lectura sumamente conmovido.

La película es un interesante aporte, aunque le tocó la misma suerte de la novela, que nunca terminó de despegar, que no llegó a los cines tan rápido como él lo hubiera deseado. Pero ¿cuál es la prisa? La muerte es lo único que pone freno a las cosas.

En la película hay un momento que me hizo resucitar a nuestro novelista, con genio y figura, expresando su asombro ante ese mundo maya ajeno que tanto lo sedujo pero que nunca terminó de comprender. El doctor Zamora va subiendo la montaña y cuestiona a un niño pastor sobre lo que hace cuando pierde una oveja; nada, responde el muchacho. Insiste sobre lo qué haría si llegara un tigre y se comiera a las ovejas, pero el niño permanece igual de impasible, dice que nada. Inquiere el doctor por la reacción del padre al trasmitirle la noticia y el niño le explica que seguro se pondría a llorar. No hay defensa ni emoción, Zamora continúa la caminata detrás de Antonio Xajil, el personaje interpretado por el mejor actor masculino del elenco. Duro como la piedra, feroz, sin expresión.

La película transmite apenas una ligera idea de la fuerza que contiene la novela, lo que ya es bastante, y para quienes se encuentren el disco en la calle, no lo ignoren. Por la memoria de Mario Monteforte Toledo, porque su obra es nuestra.

Fuente: www.elperiodico.com - 061107


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