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Los zapatos de la muerte
Por Méndez Vides - Guatemala, 29 de noviembre de 2007

Volvámonos fundamentalistas. Quememos a las hechiceras.

Toda la mojigatería y doble moral patria ha salido a relucir tras una ingeniosa campaña publicitaria de zapatos de mujer. ¿De verdad nos lastima tanto presenciar la muerte? Entonces tampoco vayamos al cine, volvámonos fundamentalistas, quememos a las hechiceras y protejámonos de las influencias libertinas y diabólicas que llegan del extranjero. La morgue representada en el tan discutido anuncio es nítida, una mesa de aluminio impecable, una sala de primer mundo, la sábana blanca nuevecita y un par de zapatos que ni fu ni fa, yo de eso no sé, pero me suena a coquetería y gustos mundanos. ¿Cuál es el problema? Si así fuera la imagen de la muerte, ya habríamos progresado.

No defiendo a los publicistas, pero me disgusta el escándalo que ha provocado en un país donde nunca nos ha dado miedo hablar de la muerte, porque convivimos con ella. Nuestra fiesta nacional más importante es la Semana Santa, donde paseamos por las calles de las ciudades a un Cristo escarnecido y flagelado, derramando sangre, sin alterarnos. Y nuestro mal gusto se nota en las publicaciones cotidianas de los diarios amarillistas, donde se exhibe todo tipo de lacras porque venden, pero nadie hace revuelo al respecto, avalados por el enorme tiraje. Un asunto de oferta y demanda. La realidad ofende más que la fotografía censurada.

Estamos dándole demasiada importancia a una idea cruel pero ingeniosa, y aparecen gratuitamente demasiados jueces y censores. Los predicadores regañan, dictan sus reglas, y los más virulentos son los que con una mano prohíben lo que hacen con la otra, como se entenderá de quienes explotan el amarillismo pero que en asuntos de moral son más santos que los santos. Lo que se quiere es impedir la libertad de expresión, prohibir el derecho a crear. Si hoy se censura a los publicistas, mañana se demandará a los artistas que hacen sus instalaciones con o sin zapatos, como el caso de una niña que se metió en una bolsa, fingiéndose difunta, ante el asombro de los pepenadores del basurero. Y pronto prohibirán los libros, porque son muy agresivos, porque no respetan las buenas costumbres de la muerte. Y, sin embargo, nadie impide trabajar a los vendedores de cajas fúnebres, esos vampiros que insisten con sus servicios funerarios de mariachi incluido, cena servida y transporte colectivo, que son gente que también anda comercializando con la muerte.

Sería mejor no gastar pólvora en zanates y enfrentar nuestras peores lacras, como la de nuestros diputados de la vergüenza que modificaron la ley para beneficiarse en lo particular, haciéndonos trompetilla en la cara, porque no les basta haber mamado tanto tiempo de un pueblo pobre, por nada, sino quieren dejar limpia su curul, y se llevarán una bolsa de oro junto al resto del botín.

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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