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Su Santidad
Por Marco Vinicio Mejía - 2 de abríl de 2004

Carl Bernstein y Carlo Politi escribieron un extenso e inquietante libro sobre el papa Juan Pablo II. Bernstein ganó el premio Pulitzer como coautor de Todos los hombres del Presidente, con el cual explosionó el escándalo de "Watergate". Politi es el "decano" de los periodistas en el Vaticano.

Su Santidad es el nombre de esta obra, en la que se alternan pasajes apoteósicos y patéticos del guía espiritual de 900 millones de católicos. Grandes acontecimientos como la desintegración de la Unión Soviética y la pérdida de su área de influencia en Europa oriental son presentados en una relación fascinante y, a la vez, insólita, por la revelación de hechos e incidencias en las que el pontífice romano cumplió un rol de primera magnitud.

Durante un decenio, Karol Wojtyla fue "el gozne donde la historia dio la vuelta" y su tierra natal el "crisol de la guerra fría". Todo lo ocurrido durante esos diez años tuvo sus orígenes en la idea mesiánica de que Polonia era el "Cristo de las Naciones". Ésta se levantaría un día, de nuevo, "para señalar el camino a toda la humanidad."

Como si fueran "documentos desclasificados", las actas del politburó soviético difunden la lucha del Kremlin para atajar el poder y la incidencia del pensamiento de Juan Pablo II. De otro lado, se dan a conocer los detalles de la coalición no declarada entre El Vaticano y los Estados Unidos para socavar el socialismo soviético al apoyar a "Solidaridad", el movimiento de trabajadores no comunistas, manteniéndolo a pesar de la creencia de Moscú de haberlo destruido. Según Bernstein y Politi, "quizás el mayor secreto en torno al desenlace de la guerra fría fue que, desde muy poco después de la visita del presidente al Papa en 1982 y hasta el desmantelamiento del Muro de Berlín en 1989, el gobierno de Estados Unidos invirtió más de cincuenta millones de dólares para mantener vivo el movimiento Solidaridad. Desde luego, Juan Pablo II sabía sobre el ambicioso alcance de esta operación, conducida por la CIA (aunque se cuidó de no enterarse de muchos de sus detalles particulares).".

Después de ser heridos de gravedad, Juan Pablo II y Ronald Reagan se encontraron en Roma, el 7 de junio de 1982. Ambos comprometieron sus enormes recursos --espirituales y estratégicos por separado-- con el propósito radical de hacer colapsar la Unión Soviética y transformar las fronteras establecidas durante la llamada "Conferencia de Yalta" (1945), en la que Roosevelt, Churchill y Stalin "se repartieron el mundo". El Papa trató de minimizar su intervención al afirmar: "El árbol ya estaba podrido. Yo simplemente le di una buena sacudida y las manzanas podridas cayeron.".

Las jornadas del libro parecen parpadear entre las luces y las sombras de uno de los principales personajes de este siglo, cuyo protagonismo no se sabe si atribuirlo a la convicción de constituir un instrumento divino o bien a la habilidad histriónica de quien, desde su juventud agobiada primero por el fascismo y luego por el no menos asfixiante colectivismo burocrático, enfrentó el despotismo con el poder de la palabra. Para el lector prevenido, ambos pueden ser los designios de quien busca el reordenamiento espiritual planetario. También podría interpretarse como una especie de arrogancia ese interés por convertir la voluntad de Dios en una realidad concreta al finalizar el milenio y la creencia de ser el elegido para ejecutar un plan específico de la Providencia.

En cierta forma, con Su Santidad se desmitifican algunos aspectos de la vida de Karol Wojtyla, como la leyenda del "Papa obrero". Durante la ocupación nazi en Polonia, trabajó como picapedrero durante pocos meses y después lo trasladaron a una actividad más suave. Pero esa experiencia en la cantera y en la fábrica y el contacto con los judíos en Wadowice (muchos de ellos murieron en el campo de concentración en Auschwitz), marcaron su existencia y le dieron un conocimiento inmediato sobre la condición de los trabajadores, brindándole una formación que ningún otro pontífice romano tuvo antes. También se trata de ponderar su participación en el Concilio Vaticano II, exagerada por algunos escritores tras su ascensión al solio papal.

Su Santidad es una obra que acosa a Juan Pablo II, casi sin dejar respirar a quien, por la esencia misma de su cargo, no parece tener derecho de albergar dudas y disfrutar las debilidades que caracterizan al ser humano y lo mantienen en pugna con su vulnerable pero perfectible naturaleza. Por esa misteriosa y casi medieval "infalibilidad" de que se halla investido, el Papa resulta abrumado por la obligación descomunal de acertar sin titubeos, sin posibilidad de rectificar de manera abierta y aireante, en las ocasiones en que su limitada pero extraordinaria percepción no toma en consideración las peculiaridades culturales de quienes constituyen la nutrida pero explosivamente heterogénea grey católica.

Juan Pablo II luce como el monarca preocupado por la filtración de los valores de la libertad y la democracia en una iglesia basada en jerarquías y dogmas. Después de contribuir a la modificación del mapa político internacional y la disolución de la santa alianza estratégica con los Estados Unidos, ha disminuido su posibilidad de influir en ese escenario múltiple que contribuyó a transformar.

Karol Wojtyla aparece solitario, con una salud cada vez más deteriorada. Su liderazgo ya no se acepta de forma tan incondicional como antes. Se afana por preservar lo que, según él, debería ser un orden inmutable. Ha declarado que los hombres casados no pueden ser sacerdotes. Reiteró su oposición al ingreso de las mujeres al sacerdocio. Se negó a considerar la posibilidad de que los divorciados o casados en segundas nupcias recibieran la comunión.

Mientras en las sociedades occidentales e industrializadas ha permeado cada vez más la consideración de los grupos postergados (mujeres y homosexuales), a la par de la paradójica agudización de la intolerancia y la xenofobia (odio, repugnancia u hostilidad hacia los extranjeros), Juan Pablo II se ha enfrentado a los desafíos que representan el indetenible crecimiento demográfico y la proliferación del SIDA. Porfía en una planificación familiar basada en las leyes morales, espirituales y naturales, a pesar de la poca confiabilidad de sus métodos.

Al temer que la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Población y Desarrollo, realizada en septiembre de 1994 en El Cairo, fomentara la distribución masiva de píldoras anticonceptivas y preservativos y se respaldara la práctica "segura y legal" del aborto, movilizó a la Iglesia en el mundo entero para librar una batalla política. Exhortó a los cuatro mil obispos católicos a ejercer presión sobre sus gobiernos y movimientos políticos nacionales, destacándose la delegación guatemalteca como una de sus "tropas de choque" durante la conferencia. Al final, logró la reafirmación de que el aborto no es un medio aceptable de control natal, suprimiéndose los términos que propugnaban el acceso a abortos legales y seguros en todas partes del mundo. Pero, por primera vez, un documento de las Naciones Unidas reconoció la legitimidad de interrumpir el embarazo y aprobó el principio de que en los países en donde el aborto no es contrario a la ley (173 de los 184 miembros), debería ser un procedimiento seguro.

Las gestiones más relevantes de Juan Pablo II se relacionan con "la reconciliación de la Cruz, la Luna Creciente y la Estrella de David" y el acercamiento hacia las otras iglesias cristianas. Al final de las páginas de Su Santidad se atisba la posibilidad de un nuevo orden para superar, ante un nuevo milenio, el absolutismo de la Iglesia católica. Esa redefinición no podrá llevarla a término sólo un Papa, cuya monarquía espiritual, de carácter ilimitado, podría ser la última de su especie.

Bernstein, Carl y Politi, Marco. Su Santidad: Juan Pablo II y la historia oculta de nuestro tiempo. Grupo Editorial Norma, Colombia, octubre de 1996, 616 pps.


Tomado del diario La Hora - www.lahora.com.gt


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