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Del asilo político a la cárcel
Por Marco Vinicio Mejía - 15 de abríl de 2004

En agosto de 1961 el Consejo Interamericano Económico y Social se reunió en el balneario uruguayo de Punta del Este, circunstancia que originó la Alianza para el Progreso, el programa de asistencia para el desarrollo de América Latina establecido por el gobierno de Estados Unidos como una de las fórmulas para cerrar el paso a la Revolución Cubana. Los delegados ministeriales del continente aprobaron la carta de la Alianza, con objetivos como democratización, crecimiento económico, distribución más justa del ingreso, reforma agraria y mejora de los servicios sociales.

Estados Unidos se comprometió a aportar 20 mil millones de dólares que América Latina necesitaría en los 10 años siguientes para realizar esas transformaciones. La propuesta norteamericana incluía la supervisión de los programas sociales que debían encarar los gobiernos latinoamericanos, pero los delegados regionales sólo se comprometieron de manera vaga a afrontar los crecientes reclamos sociales, resultantes de una situación económica deteriorada por la declinación constante de los precios de las materias primas exportadas y el alza de los productos manufacturados importados.

Cuba estuvo representada por Ernesto Che Guevara, quien arremetió contra la política exterior estadounidense por su intención de aislar más a Cuba mientras extendía su control sobre el resto de América Latina por medio del soborno financiero. En cambio, Che sostuvo que el modelo a seguir podía ser el cubano al afirmar su independencia política y económica mediante las reformas agraria y de vivienda, la expulsión de los monopolios y la elección de sus socios comerciales y acreedores. Cuba deseaba formar parte de la familia de naciones americanas y estaba dispuesta a discutir sus diferencias con Estados Unidos, sin condiciones previas.

Guevara advirtió: "No podemos impedir la exportación de un ejemplo como quiere Estados Unidos, porque un ejemplo es algo que trasciende las fronteras. Lo que sí damos es la garantía de que no exportaremos revoluciones, garantizamos que ni un solo fusil saldrá de Cuba, que ni una sola arma saldrá de Cuba para dar batalla en cualquier otro país de América."

Señaló que Cuba no garantizaba que otros no emularían su ejemplo. Si los demás países latinoamericanos no mejoraban sus condiciones sociales, el ejemplo cubano "prendería" inexorablemente y "la cordillera de los Andes" sería "la Sierra Maestra de las Américas".
Al final, la Alianza para el Progreso resultó en una combinación de intereses entre los grupos de poder norteamericanos y las oligarquías locales desinteresadas en reformas agrarias o programas sociales. Los fondos que iban a financiar el desarrollo de la región fueron a parar a las empresas norteamericanas presentes en América latina y al equipamiento y fortalecimiento de las fuerzas armadas y los organismos de seguridad, entrenados especialmente en el manejo de disturbios y la lucha contra la guerrilla. Tras la creación de la Alianza, las dificultades económicas no disminuyeron en América Latina, pero los militares incrementaron su poder e influencia política. En los seis años siguientes a 1961 hubo 17 golpes de Estado en la región, protagonizados por las fuerzas armadas. Esa cifra fue superior a la de cualquier otro período.

Mientras se efectuaba la reunión de Punta del Este, se realizó una "contraconferencia" en la Universidad de Montevideo, denominada "de los pueblos". El cónclave fue presidido por Miguel Ángel Asturias, quien retornó a Buenos Aires sin temer que fuera expulsado debido a su amistad con el presidente Arturo Frondizi. Tras la caída de éste y asumir José María Guido la presidencia provisional (1962-1963), se inició una persecución contra intelectuales. Asturias fue capturado "por haber presidido la Conferencia de Montevideo en defensa de Cuba y de la dignidad e independencia de América Latina frente al coloso del Norte."

En contraste, el gobierno argentino homenajeó a Asturias en 1998. Durante el acto de instalación de su busto en Palermo, se recordó que el escritor vivió en Buenos Aires durante dos períodos (1948-1953 y 1954-1962) y escribió la mayor parte de su obra en su departamento de Libertador 217 y en el Tigre. El entonces embajador de Guatemala en Argentina, Manuel Gálvez, afirmó que cuando era tercer secretario de embajada, fue a la Comisaría 15a. a excarcelar al escritor, quien sufría prisión "junto con otros colegas de la izquierda argentina."

La versión del diplomático no coincide con la de Jimena Sáenz, quien estableció que Asturias fue llevado a la comisaría de la calle Suipacha, donde fue obligado a pasar toda la noche y el día siguiente sentado en un banco, con lo cual se logró agravar la enfermedad que sufría de los riñones. Fue llamado el doctor Simeón Falicoff, el mismo que ayudó para salvarlo del alcoholismo y que en esa ocasión pidió su internación en un sanatorio, solicitud a la cual accedió el comisario de policía.

Después de ser dado de alta, Miguel Ángel salió de manera precipitada de Argentina, en compañía de su esposa, con rumbo hacia Rumania, en donde se sometió a tratamiento médico. Luego se dirigieron a París, donde residieron en el Hotel des Balcons, en la calle que sale de la Rue Monsieur le Prince hacia el Odéon.

Tomado del diario La Hora - www.lahora.com.gt


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