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Septiembre Negro
Por Marco Vinicio Mejía - Guatemala, 11 de septiembre de 2004

El 11 de septiembre es fecha común para chilenos y estadounidenses. Dos tiempos y dos clases de caídas, con 28 años de distancia entre unos y otras. El de 1973 fue el fin de la "vía pacífica hacia el socialismo" en el país austral. Durante el otro, en 2001, el símbolo del capitalismo norteamericano se derrumbó. Los atentados contra el World Trade Center, al contrario de la embestida contra el gobierno chileno, constituyó el principio de la reafirmación del magno unilateralismo militar de Estados Unidos para asegurarse el acceso a las reservas petrolíferas más importantes del planeta.

Puede apreciarse otra similitud sobrecogedora. El asalto al gobierno de Salvador Allende, auspiciado por Estados Unidos, provocó el asesinato de 3,197 personas. El mayor atentado terrorista de la historia en el país septentrional, representó la muerte de 3,021 seres humanos. Tanto en el Norte convulso como en el Sur insurrecto, las víctimas sufrieron los embates del fanatismo y de la intransigencia.

Hoy se conmemora el 31º. aniversario del chilenicidio y el 3er. aniversario del desplome de las Torres Gemelas, ocasión para pensar en el dolor de los sobrevivientes y en los familiares de las víctimas de esas dos tragedias, a la espera de que en nosotros despierte la virtud pedida por San Agustín: la esperanza, con sus dos bellas hijas, la cólera y el coraje. "Cólera ante el estado de las cosas y el coraje para cambiarlas".

En lugar de respetar la memoria de los inocentes, esta fecha será utilizada para ratificar el "destino manifiesto" de Estados Unidos, los cuales se presentan ante su sociedad y el mundo como el gendarme que protege sus intereses a sangre y fuego. La inspiración de esa presunta vocación es un fundamentalismo que se ha diseminado por todos lados, sin percatarse que la democracia ha sido la principal víctima: la propia y las ajenas.

Los medios no han justificado los fines, muy a pesar de quienes vislumbraron amenazas como el director de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), William Colby, quien declaró el 25 de octubre de 1974 que "Estados Unidos tiene derecho a actuar ilegalmente en cualquier región del mundo, acumular investigación en los demás países y hasta llevar a cabo operaciones tales como la intromisión en los asuntos internos chilenos".

En 2000, el presidente William Clinton ordenó la desclasificación de 16 mil documentos secretos. Quedó al descubierto el papel desempeñado por la Casa Blanca y la CIA en el cruento 11 de septiembre de 1973, cuando el golpe militar encabezado por Pinochet decapitó al gobierno de la Unidad Popular y condujo al suicidio heroico del presidente Salvador Allende. También se esclareció la responsabilidad de los servicios secretos de Estados Unidos en la Operación Cóndor, que ahora ha reactivado las acusaciones contra el ex dictador chileno.

La caída de Allende permitió la consagración continental de la criminal Doctrina de Seguridad Nacional. Al mismo tiempo, la dictadura chilena fue la punta de lanza del neoliberalismo en América Latina, como un laboratorio en que se pusieron a prueba las nociones principales del Consenso de Washington. Ambos procesos han sido fuentes de inequidades abismales, falsas apariencias y regresiones cíclicas.

El pasado 27 de junio recordamos el mensaje final del presidente Jacobo Arbenz, quien hace medio siglo también sufrió el asedio promovido por Estados Unidos. Hoy, las últimas palabras del presidente Allende vuelven a resonar:

Siempre estaré junto a ustedes, por lo menos mi recuerdo será el de un hombre digno que fue leal con la patria. El pueblo debe defenderse, pero no sacrificarse. El pueblo no debe dejarse arrasar ni acribillar, pero tampoco debe humillarse.

Trabajadores de mi patria, tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo donde la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor. ¡Viva Chile! ¡Viva el pueblo! ¡Vivan los trabajadores!

Estas son mis últimas palabras, teniendo la certeza de que el sacrificio no será en vano. Tengo la certeza de que, por lo menos, habrá una sanción moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición.

Tomado del diario La Hora - www.lahora.com.gt


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