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La tregua del fútbol
Por Marco Vinicio Mejía - Guatemala, 14 de octubre de 2004

El sonoro triunfo futbolístico de ayer sobre Honduras es una oportunidad para alegrarnos, pero sin perder de vista que sólo se trata de un juego. Nuevamente estamos en otra etapa cíclica de una religión civil que alienta sentimientos patrióticos alrededor de una supuesta representación nacional. Supuesta, porque la Selección de Fútbol no representa al Estado-Nación sino a una Federación Nacional.

Sí sorprende cómo un entretenimiento se convirtió en asunto de interés patrio y, contrariamente a lo ocurrido en el pasado, ahora nos transformamos en una afición fervorosa, entregada y optimista.
El bálsamo aplicado anoche a nuestros dolores sociales, ha sido oportuno ante las perspectivas nada promisorias que nos aguardan con el incremento de la inflación y la violencia. En términos políticos, el Gobierno ha sido el más beneficiado, pues las energías del pueblo guatemalteco se han desviado, por el momento, de las verdaderas fuentes de conflicto en sus vidas.

Lo importante es no sobredimensionar el entusiasmo. Los pequeños grandes momentos del deporte más popular en Guatemala, se han vivido en un prolongado espejismo, que en nada ha contribuido al imaginario social ni ha propiciado una política social de fomento y desarrollo de la arraigada práctica de correr tras un balón.

Como forma de adormecimiento, el fútbol se aplica como forma de socioterapia, tal como recomendó vivamente Konrad Lorenz, dirigida a organizar en forma permanente la dependencia y la frustración humana. En un país como Guatemala, la generalización de la pobreza es un elemento constante de inestabilidad y violencia latente. De ahí la posibilidad de convertir al fútbol en una droga cultural, con la cual se buscaría evitar la canalización de la agresividad contra las causas de las frustraciones emergentes, provenientes de situaciones alienadas.

En lugar de romper la "caparazón de servidumbre" se ha sublimado la agresividad social por medio del arte de las patadas, para evitar que la mayoría que vive en estado de pobreza dirija la violencia contenida contra su propio yo y contra quienes son tan víctimas como ellos mismos de un sistema donde imperan las desigualdades e injusticias.

El filósofo alemán Theodor Adorno advirtió que el fútbol se caracteriza por su elemento masoquista: "a él no sólo pertenece el impulso a ejercer violencia sino también el de sufrir". Este aserto se comprueba en la enfermiza lealtad de los aficionados guatemaltecos, quienes, a pesar de la ratificada inferioridad del fútbol nacional, son frecuentemente reinducidos a superar un ciclo vicioso de fracasos y desalientos.

Según el psiquiatra y sociólogo norteamericano Erich Fromm, la automortificación reincidente que sufren este tipo de aficionados, posibilita la subsistencia de poderes sociales ciegos e incontrolados: "sufrir sin lamentarse es la mayor de las virtudes, y no la supresión o cuando menos la disminución del sufrimiento". La percepción de Fromm fue traducida por el psicólogo social alemán Gerhard Vinnai, al trasladarla al campo de juego de fútbol: "los goles que se convierten en la cancha son los goles en contra de los dominados".

Desde la noche de la historia, los juegos de masas han sido un instrumento adecuado de apaciguamiento social. La tan conocida expresión "Pan y juegos del circo", fueron las palabras de amargo desprecio dirigidas por Juvenal a los romanos de la decadencia, que en el Foro sólo pedían trigo y espectáculos gratuitos.

Con todo, el fútbol ha demostrado ser la expresión de cierta solidaridad, tanto en países industrializados como subdesarrollados. Más allá del apasionamiento, la distracción o la función de cohesión social que cumple, los regímenes que no cuentan con respaldo popular, especialmente los autoritarios, han encontrado en el fútbol una forma aberrante para suplir su falta de legitimidad y la carencia de poder de convocatoria.

Estas racionalizaciones serán útiles en la medida que aceptemos la necesidad, puesta de manifiesta en las últimas semanas futboleras, de superar los divisionismos en esta Guatemala "invertebrada", merecedora de un mejor destino. Queda la constatación de que estamos urgidos de encontrar motivos para la unidad y el orgullo nacionales, pues en este mosaico cultural hacen falta referentes que nos cohesionen en una Nación estable, equilibrada. Por el momento, disfrutemos el paliativo, pero no perdamos de vista que en nosotros reside la oportunidad de abrir otras brechas, esto es, nuevas y más perdurables maneras de sentirnos identificados con el lugar que nos vio nacer.

Tomado del diario La Hora - www.lahora.com.gt


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