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Excesos de la prensa
Por Marco Vinicio Mejía - Guatemala, 27 de noviembre de 2004

Me pregunto si algún investigador o institución ha establecido cuántas personas son obligadas a dejar sus empleos o a esconderse debido a que sus nombres han sido citados por un periódico o un telenoticiero, sin que haya juicio y sin el ejercicio del derecho de defensa.

De estas injusticias nadie habla, como si el sufrimiento de unos pocos fuera el precio a pagar por la seguridad de los demás. Muchos periodistas han asumido que su oficio consiste en fiscalizar la conducta de sus semejantes, en especial cuando se sospecha que el Gobierno o ciertos mercaderes quieren ocultar sus negocios. Ha sido la prensa la que remueve la porquería, por lo que habría que preguntarse si los periódicos y los reporteros ejercen el oficio de tragar animales ponzoñosos mientras por el ambiente se expande el hedor de la pobredumbre que ponen al descubierto.

Las posibilidades de colisión entre la justicia y la información son numerosas. Por un lado, este choque debería clarificar la función que han de cumplir los medios de comunicación social, mientras desde otra perspectiva se pone en evidencia el incumplimiento frecuente de la "pronta y cumplida" administración de justicia. Si las denuncias periodísticas no están bien fundamentadas se produce una intromisión informativa cuando el Ministerio Público es incapaz de respaldar sus acusaciones. Un medio de prensa puede alertar sobre la comisión de hechos delictivos, pero la investigación criminal es una función exclusiva del Estado.

El trabajo reporteril y las indagaciones de los fiscales no son actividades complementarias o que deban coordinarse. De ahí la necesidad de revisar las relaciones entre Información y Poder Judicial, cuya piedra de toque es la presunción de inocencia.

No puede haber justicia sin información, pues la información es un acto de justicia. A la vez, no puede haber información que no asuma la Justicia como referencia indispensable. De ahí que el respeto irrestricto de la presunción de inocencia promueve la justicia, o lo que es lo mismo, es una exigencia a que debe someterse toda información.

En esta época en que se clama por la aplicación de la ley, es primordial revitalizar las profesiones informativas y judiciales mediante la observancia ética de la presunción de inocencia en su dimensión periodística. De otro modo, la labor periodística se proclama como una religión laica cuyos oficiantes son inquisidores que, bien lo ha demostrado la Historia, son proclives a la intolerancia en su exceso de celo.

HAN TRANSCURRIDO 215 AÑOS. La presunción de inocencia fue reconocida expresamente en el artículo 9 de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, votada el 26 de agosto de 1789. Este principio fue introducido para abolir la tortura como instrumento procesal, luego de múltiples planteamientos doctrinarios durante el llamado "Siglo de las Luces".

Desde entonces se ha pedido que la luz de la razón nos ilumine para erradicar los abusos y los excesos de antiguos procedimientos. En el viejo enjuiciamiento criminal, el sospechoso era considerado como culpable hasta el final del proceso, o incluso después de una sentencia absolutoria. Antes de esa innovación procesal, el acusado quedaba en situación de "esclavo de la Curia". Esa esclavitud no ha sido abolida, totalmente, dentro de los tribunales y las salas de redacción.

Jean Baudrillard sostiene que los escándalos han adquirido tal magnitud y frecuencia que la misma sociedad se ha vuelto más vulnerable a su propia corrupción, pues "el exceso de información es un cáncer". En su opinión, "el virus se desliza, como en los sistemas electrónicos, allí donde el sistema se halla saturado y actúa a placer. No es una función natural, sino una cierta patología: la información se hace patológica".

Esa información patológica ha convertido al sospechoso en un esclavo de la información, por lo que no consuelan las palabras de Alexis de Tocqueville, dichas antes de la entronización de la sociedad de la información: "Para disfrutar de los inestimables beneficios que asegura la libertad de prensa, es necesario someterse a los males inevitables que ocasiona".

Los racionalistas lucharon contra el absolutismo, que ahora no sólo proviene del Estado sino de los medios masivos de comunicación social. El desafío es mantener vigente el espíritu de las garantías individuales, a fin de proteger el derecho a la información y el estricto cumplimiento de la presunción de inocencia.

Fuente: www.lahora.com.gt


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