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Por voluntad propia
Por Marco Vinicio Mejía - Guatemala, 1 de marzo de 2005

La violencia no parece tener límites. Las soluciones no surgen porque dejamos a otros su búsqueda o por considerar inútil el sistema de justicia. En la generalización de la crisis de la seguridad hay que encontrar explicaciones en la forma adquirida por el Estado en Guatemala. Las recetas económicas del neoliberalismo debilitaron los controles sociales y, por otro lado, ahondaron la brecha entre clases sociales. El narcotráfico y el crimen organizado crecieron en una sociedad porosa y disminuida en sus elementos de cohesión.

El desbordamiento de la criminalidad se atribuye a la miseria, el desempleo y otros factores sociales igualmente importantes. Lo más simple es asociar pobreza con criminalidad, o sea, criminalizar sin atenuantes la pobreza. Ante esta creencia generalizada está la constatación de que la industria del crimen, que incluye el secuestro, el robo de furgones, el contrabando, el narcotráfico, los asaltos bancarios y una fuerte dosis de operaciones "legales" en el sistema financiero, no son obras de pobres o desposeídos, sino una serie de actividades lucrativas, organizadas, que requieren inversiones, protecciones y complicidades.

En los intersticios del crimen concebido como empresa, la delincuencia "común" encuentra terreno propicio, al igual que el feminicidio, las venganzas personales y la obra de desadaptados, que influyen en la percepción generalizada de indefensión y en la creencia de que "la vida no vale nada". Esta sensación es incrementada por la proliferación de pequeños ejércitos privados y prepotentes, de barreras, calles cerradas, garitas y otros dispositivos de vigilancia y de privatización de calles y espacios públicos en las colonias ricas y medio ricas; y por la ausencia de la seguridad pública y de cualquier protección en los barrios pobres y medio pobres.

La inseguridad que sufrimos es el síntoma perverso de la distorsión de las relaciones sociales; la imposibilidad de descentralizar el poder para fortalecer las comunidades de base; la carencia de soluciones urbanas indisociables de los cambios en la situación agraria sometida a interminables disputas y desacuerdos; la ausencia de nuevas normas de mando/obediencia en una sociedad más participativa y en el descreimiento en las instituciones.

Fuente: www.lahora.com.gt


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