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Afán de venganza
Por Marco Vinicio Mejía - Guatemala, 14 de abril de 2005

Tiempo de canallas es el nombre de la obra de Lillian Hellman que aborda la cacería de brujas desatada en Estados Unidos contra quienes eran acusados de ser comunistas o simpatizantes del comunismo. Bastaba una sospecha cualquiera o una delación -anónima o coaccionada-, para ser citado ante el Tribunal que reprimía las "actividades antiamericanas". En esa época de posguerra se confeccionaron listas de ciudadanos "sucios", quienes se vieron imposibilitados de desarrollar una vida civil normal o de ganarse la vida, honradamente, en sus profesiones. Fue un tiempo dominado por canallas: los políticos y los magistrados que ejercían una gran represión. Estos tenían como cómplices vergonzantes a quienes, con sus denuncias sin fundamento, provocaron el procesamiento de gran cantidad de ciudadanos por su presunta filiación comunista. Durante ese reinado del terror se llegó al paroxismo, como en la ocasión en que el actor Charles Laugthon fue enjuiciado por recibir una invitación de la República Democrática Alemana para asistir al funeral de Bertolt Brecht. Laughton había sido intérprete del drama "Galileo Galilei" del fallecido dramaturgo alemán. Lo paradójico es que la intolerancia norteamericana arremetió contra quien representó a un científico perseguido y censurado por la intolerancia eclesiástica. Ese ambiente enrarecido sólo puede explicarse en función de la lucha por la hegemonía entre Estados Unidos y la Unión Soviética, con la consiguiente muerte civil de muchos inocentes.

Aquel período fue ciertamente vergonzoso. De manera similar, la historia en Guatemala está repleta de persecuciones que empezaron en la época colonial con los certificados de "limpieza de sangre", que distinguían a cristianos de infieles. La tradición se afianzó al crearse las categorías de ciudadanos de segunda y subciudadanos. Estas son las formas actuales de la no superada servidumbre de otros tiempos. La interdicción actual en Guatemala es una de esas tristes realidades que nos echan para atrás, que nos regresan a los tiempos de los autos de fe.

Hoy más que nunca la persecución y la intolerancia adquirieron expresión política en un neofascismo redivivo por todas partes. La última cacería de brujas ha obedecido a otro de los desvaríos de la oligarquía, que ahora se ha apoderado de la mayoría de los medios de prensa. Estos dejaron de ser empresas independientes para convertirse en cajas de resonancia de una mediocre clase dominante, que no ha aprendido a distinguir sus prejuicios del afán de venganza.

Fuente: www.lahora.com.gt


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