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Carta a Sartre
Por Marco Vinicio Mejía - Guatemala, 22 de junio de 2005

No le digo “estimado Jean-Paul Sartre”, por temor a caer en el lugar común, ni “admirado maestro”, para no emplear el tratamiento que detestaba. Hoy es día fausto para la Francia que lo vio nacer hace un siglo. No me uno a las tentaciones de hacer su apología, pues el exceso de honores resulta una indignidad para usted, que abominaba los homenajes. Ahora estamos en una canícula, tiempo corto para concebir un mensaje inspirado en el “paradigma de la minifalda”, la cual establece que la remembranza debe ser corta, atractiva y sugerente. Recordarlo como gran filósofo sólo contribuiría a que las mentes reducidas terminen de aseverar que la filosofía “es aburrida” o algo “muy astral”. Repetir lo que dicen los manuales o diccionarios sobre su obra es rizar el rizo.

Esta es ocasión inmejorable para transmitir la admiración por su coherencia entre el pensar y el hacer, una promesa que cumplió consigo mismo desde cuando tenía quince años, edad sin ambiciones precisas pero cuando no hay concesiones, algo muy difícil de encontrar en estos y otros tiempos. Usted amó, escribió, compartió, dio todo lo que tenía para dar, lo verdaderamente importante. En las reseñas biográficas aparece que rechazó el Premio Nobel de Literatura en 1964, pero los libros no registran las razones de ese gesto de inaudito contenido político y literario, además de una dignidad intelectual ejemplar. Cuando mandó de paseo a los académicos suecos, no pensaba para nada que los escritores deben ser caballeros solitarios. Sólo un maligno podría haber pensado que con el dinero del premio pudo remodelar su cuarto de baño y cambiar el cerco de su parque. Pero, lo que quiero destacar desde esta republiquita, es su enseñanza de que el escritor no debe ser un personaje resignado a regalar su trabajo y sólo tiene derecho a participar en la lotería de los concursos. Eso es lo “natural” para los profesionales de la sospecha, que aquí tanto abundan, pero a nadie le parece impropio que un banquero acumule cada vez más dinero y no lo comparta. En cambio, la “misión” del intelectual debe ser pedagógica, sacrificada, esto es, casi un apostolado.

Francoise Sagan acertó al afirmar que su talento como escritor no justificó sus debilidades como persona. No se refugió tras la aparente fragilidad del creador que, para compensarla, porta el arma de doble filo de refugiarse en la falsa modestia o actuar de Narciso, dos de los papeles reservados al escribiente a la par de “petrimete y gran criado”. En lugar de usar esa arma contra sí, usted la puso al servicio de los débiles y los humillados, cuya vulnerabilidad proviene del constante aprendizaje de no saber explicarse y dejar que otros sean los luchadores. Gran ejemplo el suyo, de alguien que no quiso ser ejemplar. Ojalá aquí, en este lunar del planeta, admitiéramos con usted que escribir es un compromiso, no un simple pasatiempo.

Fuente: www.lahora.com.gt - 210605


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