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Responso por Mururoa
Por Marco Vinicio Mejía - Guatemala, 2 de julio de 2005

Hace 39 años, el 2 de julio de 1966, Francia realizó el primer ensayo nuclear en el atolón de Mururoa. Hubo una radiación 140 veces superior a la de Chernobyl. El Centro de Documentación e Investigación sobre la Paz y los Conflictos, denunció que las autoridades galas falsearon informes para realizar su programa nuclear, el cual alcanzó más de 200 detonaciones, entre 1960 y 1996, con total desprecio por la vida.

Mururoa, arrecife maltrecho, lunar del yugo atómico. En el despliegue coralino, la idolatría de los megatones se dilató sin aplazar las querellas del mar y las palmeras. ¿Por qué desgarraron la costra vital llamada litosfera? Quijadas gigantes hirieron las rocas somnolientas, pulverizando branquias y medusas. Las mareas fueron profanadas y desde entonces no se completan los ciclos de las algas y la sal. El anillo de Mururoa, en su desesperación postrera, asfixió su lago interior. Los generales, vestidos con las luces hirientes de los luises, recuperaron el emblema: Después de nosotros, el diluvio. Los desmanes quedaron y los dipsodas invadieron Utopía. Sólo Pantagruel podrá dar cuenta de la guardia de trescientos gigantes. El rey de los invasores, Anarca, terminará de vendedor ambulante de salsas. Hoy es día de desprecio para el necio conservador y el estúpido nacionalista.

Mientras el intimidante erizo de misiles soviéticos se oxida, las detonaciones son de otros tiempos, de otros modos. Las nefandas iniciativas no provinieron de la Francia de belleza áurea y vaporosa, cuna del igualitarismo y las convicciones republicanas. No dimanó de la nación plural, elegante y serena. No devino de la tierra de luces infatigables y retórica persuasiva. No surgió en la morada amable, guía indisputable y norte inconfundible, donde, hasta la Corte de los Milagros es mágica.

La amenaza no la profirió el pueblo francés, heredero de sensibilidades sin diagonal ni paralelo. No era la Francia espléndida, madre de la fraternidad. Fue la restaurada madriguera del hombre, lobo para el hombre. Fue el circo atómico, el hongo de pendencias, la obra del generalato repelente. Las explosiones eran la mascarada de quienes proclamaron la imagen de gran potencia, perfilada por los desvaríos gaullistas.

¡Nunca más! Los perros de la guerra han necesitado disuasiones, despropósitos y reverdecer la gloria imperial, nunca embozada; únicamente, presa de las mortajas.

Fuente: www.lahora.com.gt


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