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Abolir las Olimpiadas
Por Marco Vinicio Mejía - Guatemala, 10 de julio de 2005

Londres ha sido designada la sede de las Olimpiadas de 2012. Ganó una puja de proporciones inéditas, protagonizada por ciudades tan espectaculares como sus rivales París, Madrid, Moscú y Nueva York. Las justas olímpicas son, ante todo, un gran negocio. La cobertura por parte de la televisión ha favorecido su mayor comercialización, al extremo que el amateurismo ahora es un tabú. Por eso, quienes más probabilidades tienen de triunfar son los que han renunciado a la matriz lúdica del deporte, reduciéndolo a un puro trabajo agotado en el mundo de los fines.

Algunos atletas se han convertido en una especie de monstruos sagrados, explotados por la publicidad y de quienes se espera que defiendan, ante todo, los colores de su país. Esos atletas/insignias han resultado más necesarios a principios de un milenio durante el cual ha resurgido el furor de los nacionalismos.

No basta con reconocer las distorsiones o patologías en el deporte moderno. Es importante recapacitar en que el deporte es, fundamentalmente, una manifestación de la alegría y es una fiesta. El vínculo entre el deporte y la capacidad de juego viene desde el origen mismo de la palabra. En el siglo XIII, en francés antiguo "desport" o "déport" (entretenimiento) designaba el conjunto de medios agradables para pasar el tiempo: conversar, distraerse, bromear, jugar. La palabra, a su vez, provenía del verbo "se deporter", que significaba divertirse.

Si algo tendría sentido es revalorar el deporte para rescatarlo de sus actuales excesos. Esto significaría recuperar su carácter festivo y su gratuidad para favorecer el diálogo como expresión de la riqueza de ser. O sea, sin anegarse en los lugares comunes, atender al querer ser más que al tener más.

En esta época de extravío de la Utopía, es primordial rescatar el espíritu del juego en lugar de aplaudir a profesionales que compiten estimulados por intereses comerciales. Es tiempo de pedir la abolición de las Olimpiadas como se presentan hoy y retornar a sus principios originales. El comité organizador deberían conformarlo los atletas aficionados, organizaciones deportivas populares, y representantes elegidos democráticamente desde movimientos sociales. Debería desterrarse a los patrocinadores corporativos para que el juego vuelva a manos de los atletas y de los espectadores.

Fuente: www.lahora.com.gt - 090705


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