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Buenos días, Revolución
Por Marco Vinicio Mejía - Guatemala, 19 de octubre de 2005
mvmejia2@intelnett.com

Los pueblos entran en la historia a fuerza de plomo y alarido de pólvora. Los europeos llegaron al Siglo XX hasta que la Primera Gran Guerra les calcinó las esperanzas. Acá se alcanzó la penúltima centuria cuando le arrancaron el laurel napoleónico a Ubico, uno de los césares del fraude y la violencia.

Iniciada como arrebato de desesperación en junio de 1944, tras tres meses de remanso de los ímpetus, estalló el 20 de octubre la paz de la revolución. No se trató de sustituir unas personas por otras sino se buscó ir a las raíces del sistema político, sin quedarse en la superficie de los escritorios.

Su principal logro fue su gran tentativa y de ahí que, 61 años después, las interrogantes continúan abiertas. Si fue una gesta, no se pudo entonar el canto necesario; si fue una revolución, no pudo defenderse a sí misma; si fue reforma, resultó llama pequeña para fracturar la roca de la iniquidad, la prepotencia y el vasallaje. Si dejó algún legado no fue tanto su enseñanza de lo que se puede hacer sino por despertarnos para saber qué debemos deshacer. Si ahora no es evocada es porque aquí se ignora la fuerza de la memoria colectiva; si no se le invoca es por la debilidad de nuestra fe, debida a la acumulación de preocupaciones pequeñas y no por ocupación compartida en lo debido.

El inicio de un amanecer insuficiente bien puede disipar nuestro sopor, convirtiéndose su mañana de octubre recuperado en un presente para la redención como pueblo. Ahora, un poco de luz para acariciar su recuerdo. Hoy, otro tanto de fragancia de tierra y un mucho de memoria olfativa cuando se recobra el ardor de los campos, roturados con los despojamientos necesarios, abonados con afanes justicieros.

Quiero restaurar un momento del fragante octubre. El primer espectro que se me aparece es la Reforma Agraria, dolor y provocación, griterío y redención. No me detengo en las necesidades que le dieron razón de ser ni en el incomprendido -por algunas veces desbocado- reparto de la propiedad ni en el arrebatamiento que dejó sensación de desperdicio.

Si la revolución empezara de nuevo, ya no sería con conmoción de agro y sacudimiento vegetal, sino en profunda Reforma Urbana. La revolución ansiada no puede darse sin la nueva ciudad, ambas sólo posibles si llegan a devorarse a sí mismas. Ya no se puede concebir una nueva sociedad sin los límites de la ciudad reconstruida sobre sus propios cimientos.

A su manera, la revolución y la nueva ciudad devoran a sus padres, a quienes las imaginaron, a sus gestores. Sólo hay revolución original y ciudad auténtica con el saneamiento total de los parricidios. Como que los mecanismos se vuelvan contra sus mecánicos.

Si la revolución de octubre la decapitaron, fue porque ella no se comió a sí misma, no se abandonó en vorágine de cambios ni aprendió a ser indetenible; renunció a mantenerse espontánea y no mostró su mirada enloquecida de Saturno, con las fauces repletas de los cuerpos de su prole. Cuando quiso regularse a sí misma, dejó de ser revolución, presa propiciatoria para sus exterminadores. Octubre destruyó sus destrezas cuando hizo a un lado la agitación inicial.

Ahora sólo podemos aspirar a ver desfilar las legiones desunidas de trabajadores, aún no nos abandonan los ecos del reclamo ni la inconformidad se diluye a pesar de la dispersión y el desencanto. Pero algo nuevo se percibe en el ambiente. Como si la ciudad nos anunciara su disposición de reformarse, de revolucionarse, de hartarse hasta el empacho y así pueda ser auténtico alimento de los campos, mejor abono para las tierras ansiosas de justicia y trabajo.

La ciudad está lista para el nuevo octubre. Si la tormenta puede partir de ella es porque aquí ya culminaron las adiciones, negaciones, mezcolanzas, intentos y casualidades. Sólo falta el momento fugaz, impredecible, para que empiece su propio festín.
¿Por qué suspirar por la Reforma Agraria si la Reforma Urbana desde hace mucho ha estado a punto? La ciudad ya está lista, pues su apetito lo ha alimentado su permanente negación del pasado. Si por esta ciudad ingrata nos acostumbramos a vivir para el presente y así arrinconar la historia en cualquier esquina, ya estamos maduros para querer vivir la utopía: la Ciudad de Dios será la Revolución del Pueblo.

Fuente: www.lahora.com.gt - 181005


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