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Queremos tanto a Julio
Por Marco Vinicio Mejía - Guatemala, 13 de febrero de 2007
mvmejia2@intelnett.com

El 12 de febrero se cumplen veintitrés años de la muerte de Julio Cortázar. Trato de imaginar la animada conversación entre dos jóvenes profesoras, María Eugenia Muñoz y Elizabeth de Gereda, luego de conocer su muerte. El mismo día, Marco Antonio Barahona me esperaba en el edificio de El Gráfico para proponerme la preparación de un número especial del suplemento La Razón Literaria.

La escritura caleidoscópica de Cortázar no nos ha abandonado. Sus reflejos resplandecientes siempre han estado en los mejores momentos, como en la ceremonia en el Teatro de Cámara cuando entregamos el Premio Nacional de Literatura a Enrique Juárez Toledo, quien en lugar de leer un discurso prefirió poner a prueba su memoria con un pasaje de Rayuela. El tiempo es inexorable, pero la última hora aguarda en ámbar, como sueño que palpita ante hechos y cosas a punto de transmutarse en algo que apenas podemos vislumbrar.

Cortázar escuchaba la terquedad del silencio, enfrascado en una travesía que no concluyó con él, que vuelve a emprenderse con cada lectura, pues las efemérides mayores también tienen sus misterios. Veintitrés años, como si nada. Los números no escapan a la cabalística de los extremos que Julio trató de imbricar en la simultaneidad, con la muerte infiltrándose en la vida para volverla más viva. Su geometría no es de lógica euclidiana sino geometría del secreto, compuesta por símbolos móviles y cambiantes.

Autor de un libro espléndido sobre el poeta inglés Keats, fue el gran narrador de cuentos como "El perseguidor" y "Las puertas del cielo", novelista que conmocionó con Rayuela, ensayista lúcido e incendiario, a la vez, de Último Round y La vuelta al día en ochenta mundos, poeta extraviado que todavía aguarda una relectura. Ahora lo recuerdo como el hermano mayor que abría caminos, compartía lecturas y revelaciones, el preservador de la infancia y señor atento a los destinos borrascosos de la historia latinoamericana. Siento su fraternidad ausente, como él la tuvo con Che Guevara:

"Yo tuve un hermano.
No nos vimos nunca
pero no importaba.

Lo quise a mi modo,
le tomé su voz
libre como el agua,
caminé de a ratos
cerca de su sombra.

No nos vimos nunca
pero no importaba,
mi hermano despierto
mientras yo dormía,
mi hermano mostrándome
detrás de la noche
su estrella elegida."

Julio nunca se traicionó a sí mismo. Un solitario, utopista crítico y memorable maestro; un permanente vigía de lo desconocido, y escritor imprescindible en el mapa de la literatura latinoamericana.

Fuente: www.lahora.com.gt


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