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La religiosidad del Procurador
Por Marco Vinicio Mejía - Guatemala, 22 de agosto de 2007
mvmejia2@intelnett.com

Ayer, el Procurador de los Derechos Humanos realizó un acto "ecuménico" en Catedral Metropolitana, para "reconocer una espiritualidad guatemalteca, que es la que debe ir acompañando los esfuerzos que esta institución realiza en el país". Con esa conmemoración se contravino el principio de separación de Estado e Iglesia. Lo paradójico es que este principio se basa en la separación del poder temporal del poder espiritual ?expresado en el distanciamiento Iglesia/Estado? para garantizar la vigencia de la libertad de cultos. Ésta expresa la tolerancia religiosa y es uno de los pilares de la "modernidad", junto con las libertades políticas.

La neutralidad del Estado en materia religiosa proviene del proyecto laicista que empezó a tomar forma a mediados del siglo XIX. En búsqueda de la modernidad, los partidos liberales de América Latina impulsaron la separación entre el Estado y la Iglesia. La laicidad es un mandato constitucional. Ésta no consiste en la negación o la abolición de la religión y de sus instituciones, sino en el distanciamiento de lo político de lo religioso. La figura del Procurador de los Derechos Humanos es esencialmente política, pues su mandato proviene, precisamente de la Constitución Política.

Es muy importante distinguir que esta separación no consiste en la secularización del Estado, sino de mantener una actitud laica. La laicidad del Estado contra la que ha atentado el Procurador de los Derechos Humanos, no se relaciona con la lucha entre el Estado y las religiones por el control de la sociedad. Consiste en no mantener la postura laica exigida por la Constitución Política, como el compromiso asumido por el Estado para asegurar y garantizar el ejercicio de todas nuestras libertades. Antes que todo, la laicidad es una manera de administrar la diversidad e implica una sociedad fundada en la cohabitación de las culturas. Así, en el acto "ecuménico" de ayer no se respetó los derechos de muchos al agnosticismo o de quienes se proclaman ateos. Además, una de las culturas guatemaltecas, la del pueblo garífuna, profesa el animismo.

La falta de una tradición liberal en Guatemala y que su sociedad no tiene una sólida cultura de la participación política implica la constante falta de respeto al derecho de cada uno a vivir su religiosidad, sus creencias o su fe como mejor le plazca. La obsesión evangelizadora por liberar a la población indígena del paganismo provocó una cultura de resistencia, subterránea, en la que sobrevive en catacumbas la ritualidad maya. El signo de los tiempos ha variado profundamente y no está vigente la declaración del cristianismo como la única religión poseedora de la verdad, de modo que la historia dejó de ser, como señala Antonio Rubial, una lucha entre "los seguidores de Cristo, los hijos de la luz, contra los hijos de las tinieblas, servidores de Satanás".

Fuente: www.lahora.com.gt - 210807


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