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Un hombre libre que soñó con un país libre
Por Nery Rodenas - Guatemala, 28 de abril de 2018

Nacer, crecer y vivir en un país como Guatemala es uno de los mayores privilegios que se puede tener, a cada uno nos corresponde vivir un momento histórico al que debemos de saber responder con sus exigencias y sus consecuencias.

Así fue la vida de monseñor Juan José Gerardi Conedera, una persona que supo esforzarse por la construcción de un país distinto, le correspondió vivir en una Guatemala que se enfrentaba a uno de los momento más difíciles, en medio de una guerra, en la región con más conflicto, en donde la Iglesia que él representaba era perseguida. Sin embargo, pudo enfrentar esos momentos, denunciarlos, acompañar al pueblo en sus problemas y acompañar al país en procesos de interés nacional como fue el proceso de paz y en la construcción del Informe de Recuperación de la Memoria Histórica.

La familia de monseñor Juan Jose Gerardi llegó a Guatemala, proveniente de Italia, fue su abuelo quien tenía la intención de irse a vivir a la Argentina, sin embargo el capitán del barco que los llevaba los dejó en este país, una región de la que no tenían mayor noticia y les correspondió entonces establecerse y desarrollarse aquí.

Juan José creció en una familia de clase media, en el centro de la ciudad, por el barrio de la Candelaria. El día que el niño Gerardi haría su primera comunión, ese día su padre moría, fue un momento emocional de impacto para él, su encuentro personal con Jesús y la partida de su padre.

Le surgió una vocación de servicio a los demás, desde temprana edad se enfrentó con el dolor y la pobreza de la gente, vivió en diferentes lugares de Guatemala como sacerdote, incluso también se relacionó con los temas de la curia eclesiástica, cuando la arquidiócesis de Guatemala era la principal y más antigua del país.

Por sus virtudes y actitudes es nombrado obispo de Las Verapaces en donde conoce las costumbres del pueblo k’ekchi’. Luego se le traslada a la Diócesis de Santa Cruz del Quiché en donde nuevamente se adentra al mundo maya-k’iche’ y fácilmente comprende la forma de pensar y el desarrollo de los pueblos más pobres y olvidados de Guatemala, pensó en la importancia de respetar la cultura de los pueblos y de ahí llevarles la noticia del Evangelio, no de una manera impuesta sino aprendiéndola desde sus costumbres y su idioma, con esto se adelantó muchos años a las conferencia de la Iglesia Latinoamericana que luego propuso la evangelización por medio de la cultura de los pueblos.

Rápidamente, por ser el pastor de una iglesia perseguida, fue visto como una persona indeseada, se enfrentó a las autoridades del país, exigiendo el cese de la represión, estos le proponen colaborar en contra de la guerrilla, pero su repuesta fue clara: «mientras persigan al pueblo, mi respuesta es no», quisieron acabarlo en uno de los caminos perdidos de la región, pero logró evadirles.

La guerra atravesaba la región y era la población civil la que más sufría de la persecución, masacres en las regiones más apartadas, la persecución de sus sacerdotes, religiosos y catequistas, lo obligaron a denunciar ante su santidad el papa San Juan Pablo II, él le pide caminar con el pueblo, con los hijos de Dios y que vuelva a Guatemala.

Volvía de Roma pero las autoridades militares le prohibieron el ingreso a Guatemala o por lo menos no se hacían responsables de su seguridad y tuvo que ir a El Salvador en donde las fuerzas militares claramente relacionadas con las de Guatemala, le hacen la misma advertencia, su destino final fue Costa Rica, en donde estuvo 2 años exiliado.

Cuando cambiaron las autoridades en Guatemala, monseñor regresa, pero ya no a su Diócesis, sino que se queda sirviendo en la Arquidiócesis de Guatemala, en donde años más tarde se le encomendaría coordinar a Oficina de Derechos Humanos del Arzobispado de Guatemala –ODHAG–, este trabajo se inicia con una oficina de atención social en donde se principia a atender denuncias, ahí surge el trabajo en derechos humanos.

En 1994 Guatemala vivía ya el final de la guerra, se firmaron en ese año el Acuerdo sobre Derechos Humanos y el acuerdo para el establecimiento de una comisión que investigara los hechos de violencia cometidos durante el conflicto armado. Surge entonces la iniciativa desde ODHAG de trabajar un proyecto que permitiera dar insumos a la comisión creada por los acuerdos de paz, se propone a la Conferencia Episcopal de Guatemala iniciar un trabajo en toda Guatemala para recibir testimonios de quienes fueron afectados por la guerra. La mayor parte de las diócesis se involucraron en este esfuerzo y fue monseñor Gerardi quien coordinó el proyecto.

El 24 de abril de 1998 se presentó el Informe Guatemala Nunca Más en la Catedral Metropolitana, con la presencia de la comunidad nacional e internacional. Ese día nuestro obispo dio un discurso impresionante entre muchas cosas dijo: «conocer la verdad duele, pero es un proceso altamente saludable y liberador», son palabras fieles a las pronunciadas por Jesucristo en el Evangelio: «Conocerán la verdad y la verdad les hará libres», solo de esta forma Guatemala podría dejar atrás tantos años de dolor y sufrimiento. Un país sustentado en la verdad y en el conocimiento de los hechos sucedidos durante la guerra podía dar paso a acciones de dignificación como el acceso a la justicia, el resarcimiento a las víctimas, acciones de atención psicológica, exhumaciones y búsqueda de personas desaparecidas, era unas de las muchas acciones que consideraba Gerardi podían ser la continuación del proyecto.

Dos días después de este inolvidable día, monseñor Juan José Gerardi era asesinado, en la noche del 26 de abril, al ingresar a la casa parroquial de San Sebastian ubicada a 2 cuadras de la Casa Presidencial, en donde fue atacado por personas desconocidas, destruyéndole el rostro. Monseñor se trató de defender, pero los golpes de los cobardes pudieron más que la valentía de un hombre solo y viejo. Se trató de confundir a la opinión pública sobre el origen de este hecho, surgen voces que dicen que fue pasional, que se trataba de robo de imágenes religiosas, querían desvirtuar el trabajo de un hombre justo, querían desvirtuar el Informe y las acciones que venían de él.

El crimen fue político, se mandó un mensaje para que no se evidenciaran las graves violaciones a los derechos humanos cometidos durante la guerra, que, según la Comisión de Esclarecimiento Histórico, el 93 % de las responsabilidades eran del Estado, 3 % de la guerrilla y 4 % restante no se tenían la identidad de la responsabilidad, por lo tanto se trató de retrasar las acciones para la deducción de las responsabilidades. El 7 de junio de 2001 se dictó una sentencia histórica, el Tribunal Tercero de Sentencia dictaminó que el crimen cometido en contra de monseñor Gerardi era un crimen de Estado porque se habían utilizado recursos del Estado para vigilar, ejecutar y desvirtuar el crimen en su contra.

En su último discurso monseñor manifestó: «El camino estuvo y sigue estando lleno de riesgos, pero la construcción del Reino de Dios tiene riesgos y solo son sus constructores aquellos que tienen fuerza para enfrentarlos».

El trabajo de Gerardi ha inspirado a muchas personas para trabajar y construir una Guatemala distinta a pesar de las adversidades y de los obstáculos que ponen los enemigos de la luz, el Informe Guatemala Nunca Más permitió tener un diagnóstico nacional de cómo se encontraba nuestro país después de la guerra. Además, se advirtió que la población afectada tenía muchas necesidades, como encontrar a sus familiares y amigos desaparecidos, realizar exhumaciones en donde se cometieron las masacres, tener procesos de reparación psicosocial, iniciar procesos judiciales para la deducción de responsabilidades.

Monseñor sabía que el informe tenía que volver a donde se originó, con las comunidades que habían dado sus testimonios, para preparar documentos que fueran adecuados para la gente y reflexionar sobre la guerra, sus secuelas y cómo superarlas.

En vida, monseñor Juan José Gerardi dijo: «no tenga miedo, póngase la mano en la conciencia y atrévase a soñar un país distinto, una Guatemala diferente».

Esa propuesta es la de una persona que confía, que sabe que Dios le acompaña y le apoya en la construcción de su reino. Antes de morir él soñó con un país que se enfrentaba a los fantasmas del pasado y los superaba, los vencía. Un país que además de conocer su historia, construía su dignidad, no solo en el conocimiento de la verdad, sino en la atención de otros temas que tenían que ver con la reconstrucción de la Guatemala del posconflicto, en la atención de los hallazgos de las secuelas de la guerra, sino también en el cumplimiento de los Acuerdos de Paz que él mismo había impulsado a su paso por la Comisión Nacional de Reconciliación.

Ahora de Gerardi nos quedan sus sueños, sus palabras, sus propuestas, es la gente de Guatemala, aquellos que se esfuerzan en superar los problemas de su guerra, son los herederos de su legado, nos queda a los guatemaltecos la responsabilidad de construir ese país distinto.

Algunas personas que lo persiguieron durante su vida, que lo tildaron de cura comunista, saben bien que la lucha de nuestro pastor fue por devolverle la dignidad al pueblo. Luego de su muerte continuó el desprestigio, para parar su obra, querían desacreditarlo y frenar las propuestas para atender las necesidades de la gente.

Hoy monseñor Gerardi es recordado como un líder positivo, que se esforzó por impulsar los valores cristianos y humanos para una sociedad cuyos hijos merecen un futuro más prometedor y humano. Un país que pueda superar esas causas estructurales que han sumido a la mayor parte de la población en la pobreza y exclusión.

Fuente: http://gazeta.gt


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