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A ver si no le lanzan improperios
Por Oscar Clemente Marroquín - 3 de julio de 2004
ocmarroq@lahora.com.gt

La visita del relator especial de Naciones Unidas para el tema del racismo ha dejado muy duras conclusiones y falta ver si no se desata contra el funcionario internacional una campaña muy dura para descalificarlo por andarse metiendo a señalar errores que la sociedad guatemalteca se niega a admitir. Cuando el Relator dijo que la mayor prueba del racismo está en la forma en que coinciden de manera exacta el mapa de la pobreza con el mapa de la población indígena, prendió una luz importante de alerta que tenemos que tomar en cuenta porque ocurre que en el país quienes toman las decisiones políticas y económicas no tienen clara conciencia de esa realidad.

El Relator de la ONU no utilizó ninguna palabra grosera como lo hizo Chirac, pero se evidencia claramente que sin recurrir a insultos se puede ser absoluta y profundamente categórico para condenar una situación. Con tono mesurado pero de una gran firmeza, Doudou Diène, experto de Naciones Unidas, habló de la existencia de condiciones que se asemejan en mucho a las que prevalecieron en Sudáfrica durante el apartheid. Ni siquiera dijo que el nuestro fuera un país racista, sino que habló de las situaciones de racismo existentes y que forman parte ya de la vida cotidiana por lo que muchos ni siquiera llegamos a reparar en cuán grave es el problema.

Es toda una cuestión relacionada con la forma en que nos hemos formado culturalmente; por generaciones ha existido un racismo subyacente en el comportamiento colectivo de los guatemaltecos que puede ir de la más burda y deleznable forma de desprecio hacia los indígenas, hasta una preocupación paternalista por los "seres inferiores". De cualquier manera, lo cierto del caso es que hay una actitud de marginación y discriminación terrible que forma parte del día a día de los guatemaltecos y que no podemos superar, sobre todo, porque nos negamos a reconocer la existencia de ese tipo de comportamientos. Yo no sé cuál expresión de racismo es peor, si el abierto y descarado que por lo menos plantea la posibilidad de una denuncia concreta y de plantear acciones en su contra, o el solapado de quienes se consideran a la vez superiores y caritativos para tratar al "pobre indio", con lo que aplacan el problema y le dan una característica de supuesta preocupación por "esa gente".

Cuando se han dado casos burdos como el de la prohibición a mujeres que visten el traje indígena para entrar a determinados lugares, el problema trasciende y se vuelve gráficamente explicable. Pero esas actitudes no son sino la manifestación pública de un sentimiento muy generalizado que, repito, forma parte de las condicionantes culturales de la que funciona como clase dominante y dirigente en el país. El portazo que se cierra ante una indígena en la entrada al bar de un hotel que además hace honor al Conquistador duele tanto como la mirada de desprecio que en silencio se dispensa a quienes aun sin vestir el traje autóctono, forman parte de la raza originaria de estas tierras.

Yo me temo que al pobre don Doudou lo van a agarrar como tambor de jubileo. Seguramente que no se harán públicas las críticas porque sería políticamente incorrecto atacarlo. Pero en voz baja, en corrillos como tanto nos gusta a los chapines, le lanzarán todos los improperios habidos y por haber luego de que vino a meter su cuchara en asuntos que (ahora sí) sólo competen a los guatemaltecos. Pero que puso el dedo no en una simple llaga, sino en una sangrienta y pestilente pústula.

Tomado de Diario La Hora - www.lahora.com.gt


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