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La oposición tiene que ser seria y edificante
Por Oscar Clemente Marroquín - Guatemala, 2 de mayo de 2005
ocmarroq@lahora.com.gt

Siempre he pensado que una de las grandes carencias de Guatemala en el campo político está en la notoria ausencia de una oposición digna de tal nombre. Como no tenemos partidos políticos, resulta que los grupos electoreros actúan nada más en la proximidad de las fechas electorales y el resto del tiempo se dedican a negociar posiciones en el Congreso y a sacar ventaja de lo que puedan, sin hacer planteamientos serios, profundos y directos que permitan a la ciudadanía contrastar el criterio del Gobierno con el de los partidos opositores como ocurre en las sociedades de mayor tradición democrática.

Hoy por hoy el Gobierno no tiene frente a sí más oposición que la de los grupos sindicales y campesinos que elevan su voz contra el TLC, la Ley de Concesiones y la minería a cielo abierto. La Iglesia ha sido también crítica, ejerciendo un papel serio y ponderado que, por cierto, molesta a muchos católicos que quieren obispos que pregonen que el pobre es bienaventurado y que debe no sólo conformarse ante su pobreza, sino darle gracias a Dios por ser merecedor de una de las bienaventuranzas.

Pero en el campo político, resulta que el FRG está ocupado en su alianza con la GANA y la UNE de Álvaro Colom, que anunció con bombos y platillos su oposición al TLC, cambió de opinión como quien le da vuelta a un calzoncillo y terminó repudiando sus propias críticas a la forma en que se estaba aprobando el Tratado con Estados Unidos.

Sin embargo, ayer apareció el candidato de la UNE y sin duda alguna principal líder de oposición en el país, Álvaro Colom y según el relato periodístico, lanzó serias críticas al Gobierno, lo cual me parece sano y conveniente porque un régimen que no encuentra crítica ni oposición está en mayor riesgo de cometer serios errores. Sin embargo, al parecer Álvaro se emocionó tanto en la tribuna que llamó "maldito" al Presidente de la República, lo cual me parece totalmente impropio porque con insultos no logramos arreglar nada. Decirle maldito a un político es tanto como sacarle la madre, pero no tiene nada que ver con el cuestionamiento de sus habilidades, de su desempeño como dignatario de la Nación ni de su misma calidad como persona.

Siempre he pensado que para que la crítica sea efectiva tiene que ser seria. Y mientras más fuerte es el cuestionamiento que se hace de un funcionario público y más grandes los señalamientos en su contra, mayor altura tiene que tener el planteamiento para que sea tomado con seriedad por todos. Despotricar e insultar puede ser motivo de gritos entusiasmados de la multitud que siempre habrá de preferir una madreada a una crítica seria y objetiva. Al fin y al cabo debemos entender que en la política hay mucho de pasional y mucho de visceral. Pero cuando lo que tratamos es de hacer algo en serio por el país y cuando no estamos en una campaña política de arrabal, sino criticando para tratar de aconsejar y de corregir el rumbo porque los errores del Gobierno nos salen muy caros a todos, recurrir al insulto es el peor error.

El largo silencio de Álvaro Colom, roto intempestivamente para anunciar una tarde que su partido no apoyaría el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos porque no había sido consultado con el pueblo, volvió a manifestarse al día siguiente de aquella aparición cuando su partido dio marcha atrás y votó contra sus postulados. Y hoy que vuelve a la palestra, lo hace para llamar "maldito" al Presidente. Muchas son las cosas que se pueden decir de Berger y de su gestión como Presidente, pero maldecirlo así degrada a quien cae en el insulto.

Fuente: www.lahora.com.gt


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