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¡Quién fuera burro!
Por Oscar Clemente Marroquín - Guatemala, 13 de mayo de 2005
ocmarroq@lahora.com.gt

Más de alguno pensará mal con el título de esta columna, pero la verdad es que quiero comentar lo que está ocurriendo en Inglaterra, donde las autoridades decidieron garantizar derechos laborales mínimos para los burros que son utilizados en un complejo turístico al norte del país. Sucede que grupos de defensores de los animales se dieron cuenta de la explotación que se hace de esos cuadrúpedos que sirven para que los turistas paseen por las playas y tras realizar un cabildeo tan fuerte como el que están haciendo nuestros presidentes en el Congreso de Estados Unidos, lograron que se establezcan condiciones mínimas.

Los burros en Inglaterra, como resultado de tal normativa y según el reporte de la agencia EFE, no podrán trabajar más de ocho horas diarias. Tendrán obligatoriamente un reposo de una hora diaria para comer y semanalmente un día de absoluto descanso. Podrá parecer extrema la medida de las autoridades, pero no olvidemos que fue en Inglaterra donde se establecieron de manera regulada los descansos para los trabajadores y hasta la fecha llamamos semana inglesa a la que permite descansar no sólo el domingo sino también el sábado.

Y sin duda que para muchos en Guatemala la condición de los burros en Inglaterra es motivo de envidia, puesto que aquí los seres humanos en determinadas labores son sometidos a un trato que supera con mucho la normativa a favor de los jumentos de origen inglés.

Empecemos por señalar que en muchas casas, las empleadas domésticas tienen horarios que superan con mucho al de los burros de Inglaterra, puesto que trabajan más que de sol a sol y sus descansos son reducidos al mínimo; se trata de una actividad en la que está empleada gran cantidad de personas que, sin embargo, no gozan de ningún derecho porque su labor no se encuentra debidamente regulada. A ello sumemos el caso de los empleados de muchas maquilas, donde los horarios son extensos y el trato inhumano para mucha gente. Cierto es que, como en todos los casos, hay honrosas excepciones que sirven para confirmar la regla, pero abundan los ejemplos de situaciones dolorosas en los que el trabajador se encuentra totalmente desprotegido.

No digamos lo que ocurre con aquellos trabajadores que, ante la carestía de la vida y las crecientes necesidades familiares, tienen que desempeñar dos trabajos que les toman por lo menos catorce horas del día para mejorar el presupuesto familiar. Y ni hablar de las condiciones de trabajo en el campo, donde al exceso de labor se tiene que agregar el salario miserable. Si el trato a los burros en las playas de Inglaterra movió a grupos para que se legislara de manera tal que se les garantice a los asnos un trato razonable, cuánto más deberíamos hacer para que en materia laboral se hicieran verdaderos esfuerzos por asegurar la dignidad de la persona. El tema del salario es una parte fundamental de la relación, pero no lo es todo, porque el merecimiento de un trato respetuoso para los trabajadores es también fundamental.

Nunca pensé que la situación de los burros, animales nacidos para el trabajo pesado, pudiera servirme algún día para manifestar envidia en nombre de los seres humanos. Pero obviamente la distancia entre el primer y el tercer mundo es cada día más grande, como decía Javier Solís.

Fuente: www.lahora.com.gt


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